El Perú se prepara para superar los US$ 1.900 millones en exportaciones de uva fresca en 2025. En solo una década, el país pasó de ser un actor emergente a convertirse en formador de precios internacionales, desplazando a gigantes como Chile, Estados Unidos e Italia. El dato impresiona, pero también interpela: ¿este liderazgo se traducirá en desarrollo justo e inclusivo para los pequeños productores, o quedará concentrado en pocas manos mientras persisten desigualdades, riesgos climáticos y decisiones públicas que no siempre priorizan al campo?
La campaña 2024/2025 cerró con una recuperación contundente: 661.200 toneladas exportadas, 33,2% más en volumen y 23,6% más en valor (US$ 1.877 millones), luego del golpe del Fenómeno de El Niño. La proyección de MIDAGRI para 2025, superando los US$ 1.900 millones, se explica por tres factores clave: innovación genética, eficiencia logística y adaptación al clima. El predominio de variedades sin semilla —como Sweet Globe, Sweet Celebration, Allison y Autumn Crisp— responde a una demanda internacional que exige calidad, sabor y practicidad.
Hoy, cerca del 75% de la uva exportada es seedless, y el precio FOB promedio ha pasado de US$ 1,54/kg en 2015 a casi US$ 3,27/kg proyectados para 2025. El país es ya un “marcador” de precios globales. Pero este éxito convive con una fuerte concentración: diez grandes empresas concentran más del 53% del valor exportado, mientras pymes y cooperativas luchan por acceder a financiamiento, tecnología y mercados.
La logística también define el futuro. El 99,5% de los envíos sale por vía marítima, lo que vuelve estratégica la infraestructura portuaria. El Puerto de Chancay y otros terminales como Paracas pueden reducir tiempos y costos, abriendo más espacio para llegar a Asia y diversificar mercados, hoy fuertemente concentrados en Estados Unidos (51% del valor), Países Bajos, México, Reino Unido y Canadá. Menos concentración significa menos vulnerabilidad frente a cambios de política, crisis económicas o decisiones comerciales externas.
El liderazgo peruano en uva fresca es motivo de orgullo y una prueba de la capacidad empresarial y de la resiliencia agrícola del país. Sin embargo, el reto va más allá de los récords: se trata de asegurar que la prosperidad alcance también a pequeños y medianos productores, que el crecimiento no se construya sobre precariedad laboral ni brechas territoriales, y que la política pública acompañe con infraestructura hídrica, seguros climáticos, innovación y reglas claras.
Reflexión final
El sector de la uva tiene la oportunidad de convertirse en ejemplo de cómo competir en el mercado global sin renunciar a la ética. Incluir a más productores en la cadena, diversificar mercados, fortalecer la transparencia y prevenir abusos no es solo una opción estratégica: es una responsabilidad con el país. Si el liderazgo peruano se alinea con justicia, sostenibilidad y respeto a quienes trabajan la tierra, la uva no solo será un producto estrella en las góndolas del mundo, sino también un símbolo de que se puede hacer empresa sin reproducir desigualdades ni indiferencia.
