La última encuesta de Datum Internacional para El Comercio muestra que el 27% de peruanos se ubica en la derecha, el 21% en el centro y solo el 15% en la izquierda. Casi un tercio (29%) no se identifica con ninguna posición. El 76% percibe al país como “totalmente” o “bastante” dividido. Las cifras no solo dibujan un mapa ideológico: revelan un país fracturado, cansado y, sobre todo, profundamente desconfiado de su propia democracia.
Que casi la mitad se declare de derecha o centro no significa una convicción programática, sino más bien una huida de cualquier etiqueta asociada al cambio estructural. El “centro” se ha convertido en refugio cómodo para quienes no quieren ser vistos ni como parte del statu quo ni como rupturistas, pero tampoco están dispuestos a discutir en serio desigualdad, racismo, concentración de poder o reforma del Estado.
Al otro lado, un 29% que no se ubica en ningún lado habla de algo más grave: desafección. No es que la gente no tenga ideas; es que no cree que la política sea el espacio donde puedan hacerse realidad. A esto se suma otro dato inquietante: más del 60% votaría con escepticismo o rechazo en las próximas elecciones; es decir, irá a las urnas más por obligación que por convicción.
Mientras tanto, las encuestas de los últimos meses muestran que la mayoría no simpatiza con ningún partido y que una proporción abrumadora siente que el país no tiene rumbo claro. La foto es consistente: derecha, centro, izquierda… y una ciudadanía que mira desde la vereda, sin creerle a nadie.
En ese escenario, la ligera mejora de confianza en los organismos electorales —aunque aún domina la desconfianza— es apenas una buena noticia en un océano de sospecha.
La política ha logrado algo peligroso: que millones sientan que todo es cálculo, lobby y reparto de cuotas, sin proyecto ético ni horizonte común.
Los números de Datum no son un simple termómetro ideológico; son una alarma moral. Muestran que la ciudadanía se siente obligada a elegir entre etiquetas vacías, candidatos improvisados y partidos sin principios. En un país donde la delincuencia, la corrupción y la desigualdad avanzan, la neutralidad y el voto resignado terminan siendo aliados silenciosos del desgobierno.
Reflexión final
Si más del 60% votará con escepticismo, la pregunta no es solo qué tan mal están los políticos, sino qué vamos a hacer como sociedad para que la próxima campaña no sea otro desfile de promesas huecas. Recuperar la ética pública implica dejar de votar en automático, exigir propuestas claras, romper con el “todos son iguales” y entender que cada voto puede alimentar la telaraña de la corrupción… o empezar a desmontarla. La ideología importa; pero, hoy, la verdadera línea divisoria es entre quienes siguen normalizando el desastre y quienes se atreven, por fin, a exigir justicia y decencia en serio.
