Elecciones 2026: instalarán más de 4 mil mesas fuera del país

El Perú se alista para el mayor despliegue electoral de su historia fuera de sus fronteras: más de cuatro mil mesas de sufragio para casi un millón doscientos mil peruanos en el extranjero. Sobre el papel, suena a avance democrático y reconocimiento a una diáspora que sostiene al país con trabajo y remesas. Pero detrás del operativo logístico y del discurso solemne, se mantiene un problema que ningún presupuesto resuelve por decreto: la profunda desconfianza ciudadana hacia el sistema político y electoral.

El aumento de mesas respecto a procesos anteriores busca reducir distancias y trabas que históricamente han desalentado la participación. Se refuerzan consulados, se abren oficinas en ciudades clave como Orlando o Antofagasta, se anuncian plataformas digitales y asistentes virtuales. Sin embargo, la experiencia reciente muestra que más mesas no significan automáticamente más votos: cuando la gente siente que nada cambia, simplemente deja de creer que su voz importa.

El voto digital se presenta como la nueva panacea. ONPE, JNE y Reniec discuten pilotos, requisitos técnicos y certificaciones. Pero la realidad es mucho menos épica: hoy, solo una fracción de peruanos en el exterior tiene condiciones técnicas mínimas para votar por internet, y la desconfianza hacia las instituciones electorales sigue siendo altísima. Hablar de voto remoto masivo con ese nivel de escepticismo es como construir un puente sin revisar si las columnas están agrietadas.

La propuesta de iniciar con colectivos acotados —Fuerzas Armadas, Policía, personal de salud— puede ser razonable como ensayo. Pero el riesgo está en vender esa “modernización” como un logro histórico mientras se mantiene intacto el corazón del problema: la falta de transparencia, rendición de cuentas y sanciones reales frente a la corrupción y la manipulación política.

Cuatro mil mesas, consulado reforzado, plataforma digital, asistente con inteligencia artificial… todo eso puede ser valioso. Pero si el sistema sigue siendo percibido como un engranaje al servicio de intereses privados y no del bien común, el resultado será el mismo: baja participación, voto resignado y un nuevo gobierno sin verdadera legitimidad social.

Reflexión final
Los peruanos en el exterior no son un decorado patriótico ni un padrón de relleno: son ciudadanos que han tenido que marcharse precisamente por el fracaso de la política. Si el Estado quiere que vuelvan a creer, tiene que demostrar que cada voto contará de verdad y no solo en el conteo oficial. La verdadera modernización electoral no se mide en número de mesas ni en megabytes, sino en ética, transparencia y justicia. Sin eso, ni la cabina más cercana ni el clic más moderno salvarán a una democracia que, dentro y fuera del país, sigue en cuidados intensivos.

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