Juegos Bolivarianos: Renzo Fukuda conquista el oro 13 para el Perú

La escena vende sola: Renzo Fukuda remata 15-5 la final, levanta el florete en la Videna y el Perú suma su medalla de oro número 13 en los Juegos Bolivarianos Ayacucho–Lima 2025. En redes, titulares y discursos oficiales, todo es celebración, selfies y frases de ocasión. Pero basta mirar medio paso fuera del encuadre para notar la grieta: tenemos deportistas a nivel internacional compitiendo en un país que sigue organizando eventos a golpe de improvisación, con infraestructura a medio terminar y promesas que se pintan de colores para la ceremonia… y se descascaran apenas se apagan las cámaras.

Porque el medallero no miente: además de Fukuda, están los triunfos en maratón, natación, pesas, tiro, esgrima, squash y hasta E-Sports. La delegación peruana responde, compite, gana. El problema no es el nivel de nuestros atletas, sino el entorno que los rodea. Mientras ellos afinan cada detalle técnico, las autoridades afinan cada discurso. Mientras los deportistas hacen ciclos de entrenamiento, el Estado hace ciclos de inauguraciones apresuradas. Así, el oro brilla sobre una base que muchas veces sigue siendo un conjunto de obras entregadas “como se pudo” y no “como se planificó”.

Ayacucho es el mejor ejemplo de esa deuda. Sede simbólica y histórica, merecía una apuesta seria de legado: escenarios completos, mantenimiento garantizado, rutas claras, logística ordenada. En cambio, se repite la vieja fórmula: contratos que llegan tarde, trabajos contra el reloj, ajustes sobre la marcha. Lima, con toda su ventaja, tampoco se libra: la Videna y otros escenarios funcionan, sí, pero arrastran la sensación de estar siempre un paso detrás de lo que el alto rendimiento exige. Todo está “suficiente para salir del paso”, pero lejos de un estándar que honre realmente el esfuerzo de quienes compiten.

La conclusión es incómoda pero necesaria: los Bolivarianos 2025 muestran un país que depende del heroísmo individual para maquillar la falta de proyecto colectivo. Nos enorgullecemos del oro, pero toleramos el parche. Aplaudimos al campeón, pero normalizamos la sede incompleta, la logística al límite y las decisiones tomadas mirando el calendario político antes que el calendario deportivo.

Reflexión final: Renzo Fukuda y toda la delegación merecen algo más que medallas colgadas en el pecho; merecen un sistema que esté a su altura. Si el Perú quiere dejar de vivir del “a pesar de todo”, debe abandonar la cultura del improviso y asumir que el deporte se construye con planificación, infraestructura completa y gestión profesional. Los atletas ya hicieron su parte en la pista, en la sala de armas, en la piscina. Ahora le toca al Estado demostrar que también puede competir en serio y no seguir jugando a los Bolivarianos con cinta masking y discursos de ocasión.

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