Más de 7 homicidios diarios en promedio durante 2025. Agosto convertido en el mes más letal del año. Lima y Callao rompiendo récords de asesinatos mientras el discurso oficial insiste en que “se está recuperando el control”. Si esto es control, cuesta imaginar qué sería el caos. Las cifras del Sinadef no son estadísticas frías: son actas de defunción de un Estado que perdió hace rato la capacidad —y quizá la voluntad— de proteger la vida de sus ciudadanos.
Los números son contundentes. Agosto registró 221 homicidios a nivel nacional: 7,1 asesinatos por día. Enero tuvo 207, abril 204, y ningún mes bajó de las tres cifras. Lima y Callao siguieron el mismo patrón, con 90 homicidios en agosto y picos permanentes por encima de los 70 casos mensuales. Mientras la curva se disparaba, las respuestas del gobierno de José Jerí se limitaron al libreto conocido: estado de emergencia, más patrullajes, más operativos “impactantes”, más declaraciones encendidas. Menos resultados.
En el mes siguiente a la declaración de emergencia en Lima y Callao, hubo 50 homicidios. Es decir, la maquinaria del “control” desplegada a todo volumen no logró quebrar la tendencia ni generar una reducción significativa y sostenida. El mensaje para la ciudadanía es devastador: puedes vivir bajo sirenas, retenes y comunicados oficiales… y aun así estar expuesto a una violencia letal que no se detiene.
Mientras tanto, se siguen confundiendo síntomas con causas. Se persigue al microdelincuente visible, pero no se desmontan las redes que controlan territorios, extorsionan el transporte, lavan dinero y compran protección política. Se anuncian “golpes” aislados como si fueran políticas públicas y se esconde bajo la alfombra la falta de investigación criminal seria, inteligencia financiera y reforma institucional. El Estado negocia con la coyuntura, el crimen invierte a largo plazo.
Los datos del Sinadef son una radiografía incómoda: el Perú no vive un pico aislado de violencia, vive instalado en ella. La respuesta oficial, basada en la lógica del parcho y la foto, ha demostrado ser insuficiente, tardía y superficial. No se trata solo de más policías, sino de un Estado capaz de enfrentar a las organizaciones criminales sin temblar ante sus conexiones y tentáculos.
Reflexión final
Cuando un país se acostumbra a contar homicidios como si fueran resultados deportivos, algo se ha roto mucho antes de que se dispare la primera bala. La verdadera emergencia no está en el decreto, sino en la normalización de una violencia diaria frente a autoridades que confunden gobernar con administrar el desgobierno. Y en esa tabla de posiciones, la vida ciudadana lleva la peor goleada.
