En los discursos oficiales, José Jerí asegura que el Perú “avanza” y “recupera el orden”. Pero basta caminar unas cuadras para descubrir la verdadera postal del país: crimen, pobreza y hambre avanzan como una misma sombra que se expande, mientras el Gobierno se aferra a conferencias de prensa y estados de emergencia que ya nadie se toma en serio. No son tres crisis aisladas; son la evidencia de un sistema que se rompe mientras Jerí insiste en que todo es cuestión de “ajustes” y “refuerzos operativos”.
Haití y México ofrecen un espejo brutal del camino que jamás debimos imitar. En Haití, las bandas armadas controlan casi toda la capital y bloquean el acceso a mercados y alimentos. En México, el crimen organiza la economía desde la sombra: cobra cuotas a agricultores, transportistas y comerciantes, encareciendo la comida hasta en 20 %. No es solo violencia, es la captura del sistema alimentario.
Y aunque José Jerí quiera hacernos creer que “no estamos tan mal”, la realidad lo desmiente. El 41 % del Perú vive inseguridad alimentaria moderada o severa, mientras la criminalidad se multiplica: transportistas asesinados por negarse a pagar cupos, bodegas que bajan la reja por miedo, mercados enteros atemorizados por extorsionadores. Cada negocio que cierra no es solo una víctima más: es un barrio con menos trabajo, menos dinero y menos comida. El crimen no solo dispara balas; dispara precios, vacía ollas y destruye economías locales.
La receta de Jerí ha sido más de lo mismo: estados de emergencia sin resultados, operativos de luces y cámaras, y discursos que no conectan con la vida real. La violencia no cae, los precios no bajan y el hambre se extiende. Y mientras tanto, las pocas redes que sostienen a los más vulnerables —ollas comunes y comedores populares— también son golpeadas por robos, amenazas y extorsiones. Si extorsionar una olla común no es el síntoma final del colapso, ¿qué más espera el Gobierno para reaccionar?.
Pero Jerí insiste en respuestas fragmentadas: seguridad por un lado, asistencia por otro, como si la criminalidad no estuviera estrangulando el empleo y la capacidad de alimentar a una familia. El país se fractura y el Gobierno sigue administrando la crisis como si fuera un trámite.
Mientras José Jerí no entienda —o no quiera entender— que combatir el crimen también es proteger el sistema alimentario y económico, el país seguirá acumulando muertos, negocios quebrados y niños sin comida suficiente.
Reflexión final
Crimen, pobreza y hambre no son una casualidad: son el resultado directo de un gobierno que improvisa, mira tarde y actúa poco. La pregunta no es si el sistema se está rompiendo, sino cuánto tiempo más podrá Jerí sostener un país que hace rato dejó de sostenerse solo.
