La final de la Copa Libertadores 2025 entre Flamengo y Palmeiras no solo se juega en el césped del Monumental de Ate. También se disputa en los balances contables y en los portales de tasación de jugadores. El ranking publicado por RPP, con los futbolistas más caros de ambos planteles, es casi un radiografía del nuevo mapa de poder del fútbol sudamericano.
El dato es elocuente: de los diez jugadores más valiosos de la final, siete pertenecen a Flamengo, incluyendo a los cuatro primeros lugares. Saúl Ñíguez encabeza la lista con un valor cercano a los 90 millones de euros, seguido por Jorginho, Alex Sandro y Everton Ribeiro, todos por encima de los 40 millones. Palmeiras solo logra colar a tres nombres: Paulinho, Vitor Roque y Felipe Anderson, este último como el mejor tasado del “Verdão”.
Hablamos, además, de la final más valiosa en la historia de la Libertadores, con planteles que, en conjunto, superan holgadamente los 400 millones de euros según estimaciones de mercado.
Es un partido con olor a Champions League jugado en Sudamérica: salarios europeos, cláusulas astronómicas y una brecha cada vez más profunda con el resto de clubes del continente. Mientras muchos equipos pelean por sobrevivir, Flamengo y Palmeiras fichan como grandes de la élite global.
El negocio también se juega fuera de la cancha. El campeón podría acercarse a los 40 millones de dólares en premios y derechos asociados al título, según la propia Conmebol.
Y el Perú, como sede, espera un impacto económico cercano a los 70 millones de dólares por la llegada de unos 50 mil hinchas brasileños y el despliegue mediático en 196 países.
La final es, sin duda, un éxito comercial. La pregunta es para quién.
En conclusión, la vitrina de la Libertadores exhibe hoy dos modelos superavitarios que han sabido capitalizar derechos de TV, marketing y venta de jugadores. El riesgo es claro: convertir la máxima competición de clubes de Sudamérica en un campeonato de dos o tres apellidos, mientras el resto mira desde la tribuna.
La reflexión final es incómoda pero necesaria: si la Conmebol presume récords de audiencia y premios, también debería preocuparse por diseñar un ecosistema menos desigual. De lo contrario, cada final millonaria será un espectáculo brillante… que alumbrará, con la misma intensidad, la creciente oscuridad competitiva del resto del continente.
