Gianni Infantino ya no es solo ítalo-suizo. Ahora, por decreto, también es ciudadano libanés. Tres nacionalidades, un mismo poder global. El presidente de la FIFA, que maneja el deporte más influyente del planeta, recibe su nuevo pasaporte entre aplausos oficiales y una promesa irresistible: un estadio moderno para Beirut. En un país hundido en la crisis más severa de su historia, el símbolo es perfecto… para quienes viven de los símbolos.
El decreto que convierte a Infantino en libanés llega envuelto en cortesías institucionales: “servicios prestados al Líbano”, “figura pública global”, “compromiso con la juventud”. Su esposa es libanesa, sí; pero el gesto político excede lo familiar. Con esta tercera nacionalidad, el presidente de la FIFA fortalece su red de influencia regional y la dirige desde un nuevo pedestal diplomático.
A cambio, o como argumento, llega la promesa de un estadio “de vanguardia” para 20.000 a 30.000 personas. La fórmula es conocida: el país pone el terreno; la FIFA, el resto. Un trato presentado como benevolencia, pero que en realidad instala un discurso sospechosamente funcional: en un Líbano devastado por apagones, desempleo y pobreza, el estadio aparece como la gran prioridad de la agenda. Y la juventud, que sufre una fuga masiva hacia el extranjero, recibe como “señal de esperanza” un proyecto de concreto.
Lo incómodo es que este tipo de favores cruzados ya es un patrón en la gestión Infantino. Infraestructura a cambio de legitimidad. Gestos públicos a cambio de silencio político. Y pasaportes —ya son tres— que no solo abren fronteras, sino puertas. La ciudadanía como herramienta de poder, no como vínculo comunitario.
Mientras tanto, un país con hospitales colapsados y escuelas deterioradas celebra la futura construcción de un estadio que difícilmente resolverá algo más que el álbum de fotos de los funcionarios. El fútbol, otra vez, convertido en escenografía que maquilla carencias más profundas.
La FIFA puede construir estadios. Lo que no debería hacer es convertirse en actor político que intercambia obras por adhesiones, prestigio por favores, pasaportes por influencia. Que Infantino lleve tres nacionalidades no es el problema; el problema es qué representan y qué mecanismos las hicieron posibles.
Reflexión final
El fútbol merece inversión, sí. Pero no como moneda diplomática ni como pantalla para adornar gestiones que no enfrentan la realidad de su gente. El Líbano necesita mucho más que un estadio: necesita justicia social, servicios básicos y transparencia. El riesgo es que el nuevo pasaporte de Infantino y su promesa de cemento se conviertan en otra jugada maestra… pero no exactamente dentro de la cancha.
