El medallero de los Juegos Bolivarianos Ayacucho–Lima 2025 luce bien en pantalla: Colombia líder, Venezuela segunda y el Team Perú sólido en el tercer lugar, con 45 oros, 46 platas y 59 bronces. Casi 5 mil deportistas de 17 países, 71 disciplinas, 41 deportes y una narrativa oficial que repite “orgullo”, “legado” y “rumbo a Los Ángeles 2028”. Sobre el papel, suena a país que despega. Pero basta mirar un poco más allá del cuadro de honor para ver lo que no cabe en las tablas: la precariedad, el abandono y la improvisación que siguen marcando la vida de muchos de estos mismos atletas.
Los nombres son contundentes: Ferdinand Cereceda ganando la maratón, Kimberly García brillando en marcha, María Luisa Doig en esgrima, potencia en tiro deportivo, taekwondo, vela, surf, gimnasia, remo, billar. Oro tras oro, disciplina por disciplina, los deportistas sostienen con su cuerpo lo que el Estado no sostiene con política pública seria.
El relato oficial se queda en la superficie: “Perú pelea el podio”, “histórica delegación”, “inicio del ciclo olímpico”. Se enumeran medallas, se celebran récords, se proyecta al 2028. Sin embargo, en paralelo escuchamos testimonios de deportistas que viajan con presupuestos ajustados, que entrenan en infraestructuras deficientes, que dependen de becas frágiles o del patrocinio privado para poder llegar siquiera a la línea de partida. El medallero no cuenta cuántos dejaron de competir por falta de apoyo, ni cuántos siguen estudiando si renuncian al alto rendimiento.
Tampoco se discute otra verdad incómoda: el resultado deportivo se sostiene a pesar del sistema, no gracias a él. El Team Perú acumula ya más de 600 medallas de oro en la historia de los Bolivarianos, pero eso no se traduce en una política deportiva robusta, descentralizada y sostenible. Seguimos dependiendo del talento individual y del sacrificio silencioso de familias y entrenadores, mientras las estructuras se mueven al ritmo de coyunturas, gestiones de turno y decretos de urgencia.
Celebrar el medallero es justo. Ignorar las condiciones en las que se consigue, no. Si solo nos quedamos con la tabla que muestra a Perú tercero detrás de Colombia y Venezuela, repetiremos el ciclo de siempre: aplaudir en diciembre y olvidar en enero. El verdadero éxito no será sumar unas cuantas medallas más, sino asegurar que cada logro venga acompañado de derechos, seguridad y planificación para quienes hoy suben al podio y mañana no saben si podrán seguir compitiendo.
Reflexión final
Los Juegos Bolivarianos Ayacucho–Lima 2025 deberían servir para algo más que inflar cifras. Deberían ser un punto de inflexión: si el país es capaz de sostener a casi 5 mil deportistas en un evento regional, también debería ser capaz de sostener dignamente a los suyos todo el año. El medallero quedará en los archivos; la pregunta es si tendremos la honestidad de transformar ese brillo momentáneo en una política deportiva que no solo cuente medallas, sino vidas y trayectorias respetadas.
