Víctor Andrés García Belaunde no es precisamente un novato en política. Ha sido congresista cinco veces, conoce por dentro pasillos, mañas y miserias del Parlamento. Por eso, cuando afirma que “este Congreso es el peor de todos” y que los partidos son, en su mayoría, “vientres de alquiler”, no habla desde la tribuna del indignado ocasional, sino desde la autopsia de un sistema que él mismo ayudó a construir y que hoy se descompone a la vista de todos.
Los aumentos de sueldo y pagos extras que se han recetado los parlamentarios son el síntoma más grosero de una enfermedad más profunda: un Congreso que legisla para sí mismo mientras el país se desangra entre inseguridad, precariedad y corrupción. Que el propio García Belaunde proponga que el presupuesto del Parlamento lo apruebe el Ejecutivo revela hasta qué punto se ha perdido la vergüenza mínima: ya ni siquiera se finge autocontrol, es el reconocimiento explícito de que, si se regulan solos, seguirán subiendo la valla… de sus beneficios.
Cuando “Vitocho” habla de partidos que son vientres de alquiler, pone nombre a una práctica que se ha normalizado: siglas sin principios que se alquilan al mejor postor, listas armadas a última hora, candidatos sin trayectoria programática pero con presupuesto o fama. El resultado es el Congreso que tenemos: bancadas convertidas en franquicias, políticos que cambian de camiseta como de canal, y una representación que responde más a intereses privados que al bien común.
Paradójicamente, el mismo García Belaunde insiste en que lo que se necesita es “gente con experiencia” y se aferra a Acción Popular pese a las “mochilas pesadas” de Los Niños y otros escándalos. Es cierto: no se cambia el sistema abandonando el barco al primer incendio; pero tampoco basta con declararse crítico interno mientras el partido se hunde en acusaciones y componendas. La lealtad a la agrupación no puede ser excusa para tolerar lo intolerable.
Que un veterano de la política describa al actual Congreso como “el peor” debería ser una alerta nacional. No solo por lo que dice del Parlamento, sino por lo que confiesa del derrumbe de los partidos: sin organizaciones sólidas, sin disciplina ética ni proyecto de país, el vacío lo ocupan los vientres de alquiler, los oportunistas y los mercaderes de la política.
Reflexión final
Si la clase política reconoce que el Congreso es una caricatura de sí mismo y que los partidos son cascarones en venta, la pelota pasa a la ciudadanía. Seguir votando por siglas que se alquilan y por rostros que se reciclan es firmar la continuidad del desastre. La regeneración democrática no vendrá de un “salvador” ni de un veterano arrepentido, sino de romper de una vez con el negocio de la política como alquiler y recuperar la idea básica de representación: servir al país, no servirse de él.
