En apenas quince años, el cacao peruano pasó de promesa a protagonista global. La producción creció a un ritmo de 10,1% anual y el país escaló al sétimo lugar entre los mayores productores del mundo. Pero el verdadero salto está en la industrialización: de exportar 1.800 toneladas de chocolate en 2010, hoy superamos las 11.200 toneladas y la cadena cacao–chocolate mueve cerca de US$ 1.850 millones entre mercado interno y exportaciones. Detrás de estas cifras hay algo más profundo: una historia de desarrollo rural, sustitución de economías ilegales y surgimiento de un tejido empresarial diverso que puede ser ejemplo de cómo hacer negocios con ética.
Hoy, alrededor de 125.000 familias cultivan unas 250.000 hectáreas de cacao en el país. Más del 45% de las 180.000 toneladas producidas se transforman localmente: manteca, polvo, licor y, sobre todo, chocolate. El 75% de estos productos procesados se exportan, principalmente a Estados Unidos y la Unión Europea, con tasas de crecimiento notables: el chocolate crece 14% anual, por encima de otros derivados.
En paralelo, ha nacido un núcleo industrial chocolatero descentralizado: 889 empresas registradas en 23 regiones, de las cuales el 98% pertenece al segmento MYPE. En ellas se generan más de 22.800 empleos directos, la mayoría en micro y pequeñas empresas. Marcas como Cacaosuyo —reconocida cuatro veces como uno de los mejores chocolates del mundo— prueban que el Perú no solo exporta materia prima; también crea valor agregado, identidad y prestigio.
Esta transformación no ocurrió sola. Programas de cooperación, en particular USAID, apostaron por el cacao como alternativa económica frente al narcotráfico, acompañando a ex productores de coca en San Martín, Huánuco, Ucayali, Pasco y Ayacucho. La articulación entre Estado, cooperación internacional y organizaciones de productores permitió que el cacao se convirtiera en motor de inclusión económica, sustituyendo actividades ilegales por cadenas transparentes y formales.
El caso del cacao peruano demuestra que es posible crecer rápidamente y al mismo tiempo avanzar en industrialización, empleo y desarrollo territorial. Pero también recuerda que este progreso debe cuidarse: reforzar la trazabilidad, garantizar condiciones justas para pequeños productores, prevenir impactos ambientales y evitar que la concentración capture los mayores beneficios son tareas ineludibles para los próximos años.
Reflexión final
Si algo enseña la gran transición del cacao es que el país puede construir futuros distintos allí donde antes predominaban la violencia y la ilegalidad. Cada tableta de chocolate peruano que llega al mundo puede ser, además de un producto de calidad, una declaración de principios: apostar por la economía legal, por la dignidad del trabajo rural y por un modelo empresarial que no tolere abusos ni corrupción. El desafío ahora es consolidar este camino y garantizar que el éxito del cacao se traduzca en justicia y oportunidades para quienes lo hacen posible desde la chacra hasta la barra de chocolate.
