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En teoría, tres presidentes consecutivos deberían significar tres oportunidades para corregir el rumbo. En el Perú ocurrió lo contrario: Pedro Castillo abrió el derrumbe, Dina Boluarte lo profundizó y José Jerí administra hoy los escombros. Los tres prometieron ordenar el país, enfrentar al crimen, mejorar salud y educación, reactivar la economía. El resultado es un Estado cercado por bandas criminales, con servicios colapsados y una ciudadanía que ya no espera cambios, solo que la realidad no empeore demasiado.
Castillo llegó con el discurso de la “refundación” y terminó utilizando el Estado como zona de aprendizaje improvisado: nombramientos sin criterio, ministerios rotando al ritmo de cuotas y un intento de golpe que selló el desastre. Bajo su mandato, la idea de gobierno se redujo a sobrevivir al siguiente escándalo, mientras la seguridad, la salud y la educación seguían a la deriva.
Boluarte heredó el caos con la promesa de devolver la paz. Su respuesta fue la receta fácil: estados de emergencia, lenguaje de orden y mano dura, y una dolorosa estela de muertos en protestas sin que apareciera ninguna reforma de fondo. La crisis de legitimidad se tapó con discursos, pero no con justicia ni cambios estructurales. La inseguridad siguió creciendo, los hospitales siguieron saturados, las escuelas siguieron abandonadas.
Con Jerí, el guion no se rompe, solo se actualiza. Habla de derrotar al crimen organizado mientras el país registra picos de homicidios y las extorsiones marcan la vida diaria. Repite estados de emergencia que ya fracasaron, visita penales para la foto y ofrece un “legado” de seguridad que no se sostiene en un plan nacional serio. Al mismo tiempo, salud, educación, minería y servicios básicos siguen sin rumbo claro; el país se mueve por inercia, mientras el gobierno parece concentrado en llegar al 2026 sin sobresaltos mayores.
En los tres casos, la constante es la misma: promesas expansivas, capacidad limitada y ausencia de voluntad para enfrentarse a los intereses que bloquean cualquier cambio real. No es solo ineficiencia técnica; es renuncia política a gobernar de verdad.
Castillo, Boluarte y Jerí forman una secuencia que explica por qué el país se siente colapsado: ninguno asumió plenamente la responsabilidad de revertir el deterioro de la seguridad, los servicios públicos y la confianza en las instituciones. Administraron la crisis, la prolongaron y, en algunos casos, la agravaron.
Reflexión final
Mientras sigamos eligiendo o tolerando liderazgos que se especializan en ofrecer lo imposible y ejecutar lo mínimo, el Perú seguirá en manos de un Estado que anuncia batallas épicas pero pierde las guerras cotidianas: contra el crimen, la pobreza, la desigualdad y la corrupción. Cambiar nombres en Palacio no bastará si no se rompe, de una vez, con esta trilogía de gobierno basado en prometer mucho, hacer poco y dejar que el país se acostumbre al colapso como si fuera destino inevitable.
