Foto: La Caja Negra
Los Juegos Bolivarianos Ayacucho-Lima 2025 debían ser una vitrina de integración regional y un eslabón clave rumbo a Los Ángeles 2028. Hoy son, más bien, un catálogo de todo lo que no debe hacerse en gestión deportiva: improvisación, desorden, maltrato a los atletas y un daño profundo a la imagen del Perú. Cuando una federación hermana —la Ecuatoriana de Ciclismo— publica un comunicado oficial hablando de “inaceptables condiciones de hospedaje” y de vulneración de la dignidad de sus deportistas, ya no se trata de anécdotas aisladas: es un fracaso estructural.
La Federación Ecuatoriana de Ciclismo no solo expresó “profunda indignación”; decidió algo gravísimo: retirar a toda su delegación para proteger la seguridad y el rendimiento de sus ciclistas y asumir los costos de regreso por cuenta propia. Es un gesto que dice más que cualquier discurso oficial: cuando una federación prefiere irse antes que seguir compitiendo, el problema dejó de ser logístico para convertirse en ético.
Las denuncias se acumulan: condiciones precarias de hospedaje, alimentación deficiente, falta de planificación en traslados y entrenamientos, sedes que no cumplen estándares mínimos. Cada queja de una delegación extranjera es un golpe directo al prestigio del país anfitrión. Lo que debía ser un legado termina pareciéndose a una advertencia: así no se organiza un evento multideportivo en pleno siglo XXI.
El deporte habla un lenguaje de esfuerzo, disciplina y respeto. Aquí, en cambio, el mensaje que reciben los atletas es otro: se puede invertir millones en discursos, ceremonias y campañas, pero no garantizar camas dignas, seguridad ni condiciones básicas de recuperación. Se les exige medallas mientras se les ofrece desorden. Se les pide dejarlo todo en la pista mientras las instituciones responsables no parecen capaces de cumplir siquiera con lo elemental.
Que una federación extranjera tenga que alzar la voz para denunciar lo que muchos atletas locales temen decir es, en sí mismo, una señal de alarma. Los Juegos Bolivarianos 2025 ya no se miden solo en el medallero: se miden en la cantidad de delegaciones indignadas, en la credibilidad perdida y en el daño a futuro para cualquier candidatura deportiva que presente el Perú.
Reflexión final
Si después de este papelón todo queda en comunicados tibios y frases hechas, el mensaje será devastador: que en nuestra región se puede jugar con la dignidad de los deportistas sin consecuencias. Corresponde al Estado, al IPD, a los comités olímpicos y a las federaciones asumir responsabilidades, corregir y rendir cuentas. Porque cuando la vergüenza la sienten primero los visitantes, es que hace rato los anfitriones dejaron de mirar el espejo.
