Foto: El Popular
El Minsa declaró alerta epidemiológica nacional por el riesgo de ingreso y propagación de enfermedades como la influenza A (H3N2) (subclado K) y el sarampión, en plena temporada de viajes, aglomeraciones y fiestas. El problema es que, en el Perú, las alertas suelen funcionar como un maquillaje: cuando el sistema colapsa, el Estado responde con un comunicado; cuando la gente protesta, recién aparece la “alerta nacional”. No es prevención: es gestión por presión.
Según lo anunciado, se activan frentes de vigilancia epidemiológica, refuerzo de diagnóstico de laboratorio, acciones de inmunización y mensajes de prevención (lavado de manos, mascarilla si hay síntomas, ventilación, acudir a establecimientos de salud). Todo suena correcto… en el papel. Pero la realidad peruana no se enferma por falta de comunicados: se enferma por falta de medicinas, citas, especialistas, camas, oxígeno social y, sobre todo, por falta de un plan.
Porque aquí está el nudo: el virus puede ser “de leve a moderado” en riesgo, pero el sistema de salud peruano lleva años siendo grave. Y cuando un sistema está agotado, cualquier ola —influenza, COVID, dengue, lo que venga— se convierte en amenaza real. Lo más peligroso no es la variante: es el Estado que llega tarde, mide mal y comunica peor.
El discurso oficial pide calma, pero la calma no se compra cuando una madre recorre hospitales buscando atención, cuando el adulto mayor no encuentra vacunas cerca, cuando el paciente crónico espera meses por control. En ese contexto, decir “hemos activado protocolos” es como anunciar “tenemos salvavidas” mientras el barco ya hace agua y la tripulación discute quién da la conferencia de prensa.
Y mientras tanto, el país escucha a sus autoridades hablar de “respuesta sanitaria”, pero ve otra cosa: una administración que prioriza la foto, la gira, la declaración, la pose de control; y posterga lo único que salva vidas en serio: gestión clínica, logística y presupuesto ejecutado con transparencia.
La alerta por H3N2 no debería ser noticia; debería ser rutina técnica. La noticia, en cambio, es que el Perú sigue reaccionando a golpes, como si no hubiera aprendido nada del COVID-19.
Reflexión final
Una alerta epidemiológica sirve si está sostenida por un Estado que funciona. Si no, es solo un cartel luminoso en una carretera sin patrullaje: “Peligro adelante”. El peligro ya está aquí. Y la verdadera pregunta es incómoda: ¿vamos a esperar otra vez a que el sistema reviente para recién “tomarlo en serio”?.
