Perú en piloto automático: Castillo, Boluarte y Jerí, igual

Foto: Lacajanegra.blog
¿Para qué sirve el presidente José Jerí? La pregunta no es capricho: es diagnóstico. En un país asediado por bandas criminales, narcotráfico y minería ilegal que avanzan como termitas, el gobierno debería ser un dique. Pero Jerí, como antes Castillo y Boluarte, no es dique: es espuma. Castillo empezó la demolición con improvisación, Boluarte administró el desastre con frialdad y Jerí está terminando el colapso con una especialidad nacional: parecer ocupado sin gobernar.

Jerí es el único presidente que no molesta porque muchos ni alcanzan a notar que existe. No gobierna: flota. Su gestión se parece a un video corto: mucho gesto, poca sustancia. Viaja, sonríe, visita comisarías, se pasea por penales, anuncia “medidas”, firma emergencias, repite palabras como “legado” y “plan”, y luego el país amanece con lo mismo: extorsión, sicariato, cupos, miedo. La inseguridad no se reduce con cámaras y uniformes en conferencia de prensa. Se reduce con inteligencia, investigación, control territorial, reforma seria y autoridad moral. Y allí Jerí queda desnudo: no tiene un Plan Nacional integral contra las organizaciones criminales; tiene un álbum de fotos.

En esa precariedad, además, intenta la imitación más peligrosa: la caricatura de Bukele. Pero copiar el “outfit” no copia el Estado. Un líder que presume dureza sin capacidad real solo provoca un efecto: vende tranquilidad falsa mientras el crimen aprende, se adapta y se organiza mejor. En paralelo, salud, educación y minería se deshilachan; la gente no vive mejor, solo se acostumbra a vivir peor. Y cuando un país se acostumbra, el poder ya ganó su impunidad.

Lo más grave no es la incapacidad: es la irresponsabilidad. Jerí actúa como presidente interino con la obsesión del calendario: llegar al 28 de julio de 2026 sin incendiarse políticamente. La seguridad se volvió un trámite. La economía, un discurso. La institucionalidad, una utilería. Y así, el Estado retrocede mientras el narco y la minería ilegal avanzan soterradamente hacia un escenario que ya no suena exagerado: un narco-Estado con fachada de normalidad.

Castillo prometió una refundación imposible y dejó improvisación; Boluarte ofreció orden y dejó emergencia permanente; Jerí ofrece “soluciones” y entrega inercia. Son tres estilos, un mismo resultado: un país cada vez más frágil, más desigual y más capturado por poderes criminales.

Reflexión final
El Perú no necesita otro presidente que flote, pose o imite. Necesita uno que gobierne con verdad, plan y coraje: que incomode a mafias, toque privilegios y enfrente al crimen sin marketing. Porque cuando el poder solo administra el chat nacional de quejas, el país no tiene presidente: tiene un espectador con banda presidencial.

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