Castillo, Boluarte y Jerí: tres desgobiernos, un país secuestrado

Foto: La Caja Negra. Blog

El Perú no necesitaba un récord, pero la Presidencia insiste en coleccionarlos. El gobierno de José Jerí ya supera el promedio de homicidios diarios del periodo de Dina Boluarte: más de seis muertes al día frente a 5,25. No es “coyuntura”, no es “herencia”, no es “mala suerte”: es continuidad. Y la continuidad tiene tres responsables que se turnaron el timón mientras el país se hundía: Pedro Castillo empezó el desgobierno, Dina Boluarte lo normalizó y Jerí lo está rematando con sonrisa protocolar y estado de emergencia reciclado.

Castillo abrió la puerta con el discurso del “pueblo” y la práctica del desastre. Anunció refundaciones, pero refundió el Estado en improvisación: nombramientos sin brújula, autoridad pulverizada y un mensaje perfecto para las bandas: el poder está ocupado peleándose consigo mismo. El crimen organizado solo tuvo que hacer lo que sabe: organizarse mejor que el gobierno.

Boluarte tomó el relevo y cambió la narrativa, no la realidad. Su respuesta fue el piloto automático del decreto: estados de emergencia como estampitas, patrullajes como escenografía y una nación mirando cómo la violencia se volvía rutina. En ese periodo, el país no recuperó el control territorial; perdió la costumbre de indignarse. Y cuando la indignación se agota, la impunidad florece.

Jerí llegó prometiendo orden, pero gobierna con el mismo menú: emergencia, foto, discurso y siguiente provincia. En vez de estrategia, marketing; en vez de inteligencia, visitas; en vez de plan nacional, “coordinaciones” que no se sienten en la calle. Los números lo escupen sin diplomacia: en 2025 el promedio diario supera los seis homicidios, y más del 75% de muertes violentas ocurre por armas de fuego. Eso no es “delincuencia común”: eso es un país donde matar se convirtió en trámite y donde las bandas se sienten dueñas del horario.

Mientras Jerí posa como imitador institucional de Bukele, la ciudadanía hace lo que el Estado no hace: sobrevivir. Empresas blindan buses, instalan placas de acero, obligan a conductores a trabajar con chalecos antibalas. En un país decente, eso sería una alarma nacional; aquí es un “gasto operativo”. La seguridad se privatiza, el miedo se vuelve impuesto y el gobierno se limita a administrar titulares.

Jerí superar el promedio de Boluarte no es un dato: es una sentencia política. Si la meta era “estar mejor”, fracasó. Si la meta era “llegar al 2026”, la está cumpliendo… dejando el conteo de cadáveres como reporte de gestión.

Reflexión final
La peor parte no es que maten más: es que el poder se comporta como si fuera inevitable. Castillo, Boluarte y Jerí no son tres estilos: son una misma renuncia. Y cada día que esa renuncia se repite, el país aprende una lección brutal: aquí el crimen planifica; el gobierno reacciona. Y cuando reacciona tarde, la vida se paga al contado.

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