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Cuando una maravilla del mundo necesita que le recuerden al Estado su obligación básica —cuidar lo que es de todos—, el problema no es la piedra ni el turismo: es la gestión pública convertida en costumbre de abandono. La advertencia del representante de New Seven Wonders es tan directa como incómoda: Machu Picchu “está al borde de perder esa categoría… no es broma”. Y el Perú responde como siempre: con la solemnidad del comunicado y la eficacia de la nada.
Desde septiembre se encendió la alarma internacional y, tres meses después, lo que debería ser una reacción inmediata parece un trámite atrapado entre oficinas que se miran de reojo. Cultura, Mincetur, Ambiente, gobiernos regionales y locales: una cadena de responsabilidades tan larga que, al final, nadie carga con nada. La mesa técnica multisectorial que se pide no es una idea futurista: es el mínimo para ordenar conservación, aforo realista y un servicio turístico que esté a la altura del lugar que vendemos al mundo.
Mientras tanto, la experiencia del visitante —ese “efecto maravilla” que también evalúan— se desgasta en lo más básico: boletaje cuestionado, quejas recurrentes, presuntas estafas, servicios desiguales y la postal más peruana de todas: filas eternas para ingresar a lo que debería ser orgullo y no paciencia. No se discute si abrir más o cerrar más. Se discute si el Estado es capaz de hacer lo elemental: decir la verdad técnica, fiscalizar de verdad y estandarizar un servicio que hoy parece depender del azar y de quién “te ayuda”.
Lo grave es que Machu Picchu está resistiendo como siempre; lo que no resiste es el aparato que lo administra como si fuera una feria de temporada. El reconocimiento de 2007 impulsó turismo, imagen país y movimiento económico. ¿Y qué hacemos con ese capital? Lo administramos con indiferencia, como si el prestigio fuera inagotable. El desgobierno —en el Ejecutivo y en la política nacional que normaliza la irresponsabilidad— no solo erosiona instituciones: erosiona patrimonio.
Enero de 2026 llega con visita clave. No es un “plazo”: es una radiografía. Si el Perú llega con excusas, el mundo no castigará a Machu Picchu; nos retratará a nosotros.
Reflexión final
Perder la categoría sería un golpe simbólico y económico. Pero el golpe mayor sería moral: confirmar que en el Perú la grandeza no se pierde por falta de historia, sino por exceso de dejadez.
