Perú en piloto automático: José Jerí a 220 días del final

Foto: Prensa Presidencia.

A 220 días del 28 de julio de 2026, el Perú no atraviesa una crisis de gestión: atraviesa una renuncia al gobierno. Tras el colapso político que comenzó con Pedro Castillo y se administró con Dina Boluarte, José Jerí asumió por sucesión constitucional en octubre de 2025. Desde entonces, el país funciona con una consigna silenciosa y peligrosa: no resolver, no mover, no arriesgar; solo llegar. El Perú no es conducido: es aguantado.

El síntoma más evidente es la ausencia total de plan. No existe una hoja de ruta mínima hasta el 2026 que ordene prioridades, recursos y responsabilidades. No hay visión, no hay metas, no hay conducción. Salud, educación, seguridad, agricultura, alimentación, cultura e infraestructura operan como ruinas administrativas que se sostienen por inercia. El ciudadano no necesita leer informes para entenderlo: lo vive en hospitales saturados, en aulas sin rumbo, en trámites que no terminan y en un Estado que responde tarde o no responde.

En seguridad, José Jerí insiste en una respuesta que ya demostró su inutilidad: estados de emergencia como sustituto de estrategia. Se decreta, se despliega, se anuncia. Y luego nada cambia. El crimen no se intimida con decretos ni se desarma con conferencias de prensa. Al contrario: aprende a convivir con la emergencia, a operar bajo ella y a sacar ventaja de un Estado que confunde presencia con control.

El problema se agrava con el estilo Jerí. Su gobierno se expresa en recorridos, no en resultados. Cárceles, comisarías, operativos para la foto. Poses de autoridad sin autoridad real. Se simula control mientras la extorsión, el sicariato y la violencia continúan avanzando. La política se vuelve escenografía y la seguridad, un espectáculo repetido. Mucha imagen, poca inteligencia, cero disuasión.

Pero lo más peligroso ocurre lejos de las cámaras. La minería ilegal y el narcotráfico avanzan sin oposición real. No improvisan ni esperan elecciones. Ocupan territorios, capturan economías locales, someten comunidades y penetran instituciones. No gobiernan con discursos, gobiernan con dinero, armas y corrupción. El riesgo de que el Perú se consolide como un narcoestado no es una exageración: es la consecuencia lógica de un Estado ausente que eligió no confrontar.

Y todo esto ocurre mientras José Jerí administra su objetivo real: sobrevivir hasta el 28 de julio de 2026. No hay convocatorias amplias, no hay liderazgo multisectorial, no hay intento serio de dejar algo distinto a la siguiente administración. El país quedó en pausa, pero las amenazas no.

Un gobierno transitorio no está autorizado a ser decorativo ni pasivo. Gobernar, incluso en transición, implica decidir, confrontar y asumir costos. No hacerlo es una forma de complicidad con el deterioro.

Reflexión final
El Perú está en piloto automático, sí. Pero lo verdaderamente letal es que en la cabina nadie intenta recuperar el control. El objetivo no es enderezar el vuelo, sino llegar con la foto final. Cuando el Estado abdica, el poder no desaparece: cambia de manos. Y esas manos no rinden cuentas.

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