Foto: Diario El Pueblo.
Cuando se acercan las elecciones en el Perú, el guion se repite con precisión casi científica: todo el país se obsesiona con la carrera presidencial, como si el destino nacional dependiera de una sola banda y un solo discurso. Se discute al candidato, se disecciona su temperamento, se convierte la segunda vuelta en un “repechaje” emocional. Pero, mientras tanto, la elección del Congreso transcurre como trámite. Y allí, justamente allí, el Perú suele firmar —sin leer— el contrato que lo amarra a la crisis por años.
Elegir bien a nuestros congresistas es crucial por una razón que no admite maquillaje: el presidente gobierna cinco años; el Congreso puede comprometer el futuro por décadas. Las leyes no son titulares efímeros. Son reglas que reordenan la educación, la economía, la seguridad, los derechos ciudadanos, el manejo de recursos naturales y el equilibrio entre poderes. Cuando elegimos mal a quienes legislan, luego no solo padecemos políticas deficientes: padecemos estructuras defectuosas que permanecen aun cuando cambian los gobiernos.
Sin embargo, seguimos votando “casi sin mirar”. Lo hacemos por arrastre, por el logo, por el apellido conocido, por el video viral, por la promesa fácil o por el candidato que “suena firme” aunque no tenga idea de qué es legislar. Después nos indignamos cuando el Parlamento se dedica a blindajes, normas oportunistas, reformas improvisadas o batallas que distraen de lo esencial. Ese patrón no es mala suerte: es una consecuencia democrática. El Congreso no cae del cielo; se elige.
El problema se agrava hacia 2026. Volveremos al sistema bicameral, con diputados y senadores. Es decir, más escaños y más poder para definir el rumbo del país. También más espacio para la improvisación si el elector mantiene la misma conducta displicente. Habrá miles de postulantes: algunos con preparación, experiencia y vocación pública. Pero también habrá quienes buscan solo beneficios personales, protección política, influencia para intereses privados o una plataforma de poder sin responsabilidad. Cuando el filtro ciudadano falla, el sistema premia al más ruidoso, no al más competente.
Por eso, elegir bien no es un acto romántico ni un consejo de buenas costumbres. Es defensa propia. Implica revisar trayectoria, coherencia, formación mínima, historial ético, propuestas y vínculos. Implica identificar conflictos de interés, preguntar a quién representa realmente el candidato y exigir claridad sobre qué leyes impulsará y qué instituciones respetará. Un Parlamento con personas idóneas puede mejorar el país incluso con un Ejecutivo débil; uno capturado por agendas personales puede sabotear cualquier gobierno y erosionar la democracia desde adentro.
La reflexión final es incómoda, pero necesaria: la degradación del Congreso también es responsabilidad ciudadana cuando el voto se entrega sin evaluación. Luego es fácil quejarse, pero ya es tarde: las leyes quedan, los daños se expanden y las correcciones toman años. Si de verdad queremos un Perú con rumbo, el primer acto de seriedad no está en la segunda vuelta presidencial, sino en la primera vuelta legislativa: elegir congresistas con criterio, porque ellos no solo acompañan al presidente. Ellos escriben el país que tendremos después de la campaña, cuando ya no haya slogans, solo consecuencias.
