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El Jurado Nacional de Elecciones presentó el Pacto Ético Electoral como un mínimo indispensable para una campaña menos violenta y menos tramposa rumbo al 2026. No se pidió heroísmo ni renuncias ideológicas: solo compromisos básicos contra la desinformación, el uso indebido de la inteligencia artificial y la violencia política. Aun así, el resultado fue revelador: solo 29 de los 38 partidos inscritos firmaron. En el Perú, incluso la ética necesita quórum.
La ceremonia fue prolija, casi solemne. Discursos sobre respeto, transparencia y debate de ideas. El presidente del JNE insistió en que no se trataba de un gesto simbólico. Pero los hechos lo contradicen. Si el pacto fuera realmente asumido como un estándar democrático, nadie se habría ausentado. Y, sin embargo, hubo ausencias notorias que hablan más fuerte que cualquier firma.
No suscribieron el pacto Renovación Popular, cuyo candidato es Rafael López Aliaga; Perú Libre, liderado por Vladimir Cerrón; ni la alianza Fuerza y Libertad, vinculada a Fiorella Molinelli. A ellos se sumó la candidata Rosario Fernández, de Un Camino Diferente, quien se retiró del acto sin firmar. No es un delito. Pero tampoco es un detalle menor. Cuando se invita a comprometerse públicamente a no mentir, no agredir y no manipular, y la respuesta es la ausencia, el mensaje político es claro: no queremos límites, ni siquiera los mínimos.
El pacto incluye diez compromisos elementales: evitar ataques personales, respetar a los organismos electorales, transparentar el financiamiento, no usar bienes públicos, no difundir noticias falsas y regular el uso de IA en redes. Nada de esto restringe el debate; lo dignifica. Entonces, ¿qué incomoda? ¿La vigilancia ciudadana? ¿El Tribunal de Honor que, aunque no sanciona legalmente, puede exponer públicamente a quienes crucen la línea? En una campaña acostumbrada a ganar ensuciando, la luz molesta.
El Pacto Ético no evidencia madurez democrática; evidencia desconfianza estructural. Cuando la política necesita pactar para prometer lo obvio, es porque el deterioro ya es profundo.
Reflexión final
La campaña 2026 será un campo de prueba. No bastará con recordar quién firmó y quién no; habrá que observar quién cumple cuando el poder esté en juego. Porque la ética no se demuestra en un hotel ni en una foto oficial. Se demuestra cuando mentir resulta rentable y aun así se decide no hacerlo. Si la ciudadanía normaliza la ausencia de compromisos mínimos, no podrá sorprenderse luego cuando la trampa se convierta en método. En democracia, no firmar también es una elección.
