Foto: Kambista.
El plazo venció y el número quedó flotando como trofeo burocrático: 34 partidos lograron inscribir sus fórmulas presidenciales ante el JNE para las Elecciones 2026. Más de 1,300 listas para Senado, Diputados y Parlamento Andino completan el cuadro. La democracia peruana vuelve a hacer lo que mejor sabe: producir candidatos en serie mientras la ciudadanía hace fila, no para votar, sino para entender qué está eligiendo.
El cierre del registro fue una escena conocida. Personeros conectados de madrugada, sistemas al límite, correcciones de última hora y la promesa tácita de que “si entra, luego vemos”. Algunos partidos ni siquiera alcanzaron a presentar su fórmula completa, quedando “pendientes” como si se tratara de un trámite secundario. Pero la Presidencia no es un archivo adjunto: es el centro de gravedad del país.
La avalancha de planchas no habla de pluralismo, sino de fragmentación. En un sistema donde casi cualquiera puede convertirse en opción nacional, el problema no es el acceso: es la ausencia de filtros políticos reales. Aquí se compite por estar en la cédula, no por tener un proyecto. Se pelea por el casillero, no por la idea. Y luego nos preguntamos por qué la gobernabilidad dura menos que un eslogan.
Mientras el país enfrenta extorsión, asesinatos por encargo, hospitales que no alcanzan, colegios que se caen a pedazos y regiones capturadas por mafias, la clase política celebra que el trámite se haya completado. Es la misma lógica que nos trajo hasta aquí: confundir procedimiento con solución. Llenar formatos como si eso fuera equivalente a construir Estado.
Ni siquiera sorprende que varias fórmulas estén en observación o “inadmisibles” por errores básicos. Es coherente con un sistema que tolera la improvisación en lo más alto y luego exige disciplina al ciudadano. Aquí se normaliza la precariedad desde la cúspide y se llama “democracia” al desorden.
Treinta y cuatro fórmulas no significan treinta y cuatro caminos. Significan, sobre todo, treinta y cuatro intentos de llegar, no necesariamente de gobernar. El país no está saturado de candidatos; está huérfano de responsabilidad.
Reflexión final
El 2026 no debería ser una carrera por quién completa primero el formulario, sino por quién demuestra que merece administrar poder. Mientras la política siga obsesionada con inscribirse y no con servir, la democracia peruana será un espectáculo de números grandes y resultados pequeños. Aquí no falta oferta: falta proyecto, ética y memoria. Y eso no se registra en ningún sistema.
