Mininter se opone a la Noche Crema y la Noche Blanquiazul

Foto: Perú 21.

La Noche Crema y la Noche Blanquiazul no están “en riesgo” por el fútbol. Están en riesgo por algo más grave: un Estado que admite, sin rubor, que no sabe —o no puede— manejar dos eventos masivos el mismo día. Cuando el Ministerio del Interior sale a decir que “no es prudente” que se jueguen en paralelo, lo que en realidad está diciendo es: no tenemos criterio operativo suficiente para garantizar seguridad. Y esa frase, en un país golpeado por la violencia, no es una advertencia: es una confesión.

Lo mínimo exigible a una autoridad es anticipar. Planificar. Coordinar. Ejecutar. Lo que vemos, en cambio, es el manual de la precariedad institucional: reacción tardía, discurso defensivo y reunión como muleta. “Vamos a convocar a los clubes”, anuncia el ministro, como si el problema fuera la agenda deportiva y no la incapacidad del sistema para desplegar seguridad con profesionalismo. Cambiar una fecha puede bajar la temperatura, pero no cura la enfermedad.

La pregunta real es brutal: ¿esto es miedo, es temor, es incapacidad o simplemente no saben hacer el trabajo como corresponde? Porque si la Policía no puede cubrir dos estadios anunciados con tiempo, con logística previsible, con rutas definidas y aforos conocidos, ¿qué se supone que hace con lo imprevisible? ¿Cómo enfrenta la extorsión, el robo, la violencia diaria que no pide permiso ni manda oficio? La delincuencia no se programa en calendario. El crimen no espera “una reunión en los próximos días”. El crimen actúa. Y si el Estado ya se declara corto ante el fútbol, el mensaje que se lanza es peligrosísimo: la autoridad se ve superada incluso cuando tiene tiempo para prepararse.

Lo más mordaz es la inversión de responsabilidades: en vez de presentar un plan, se pide que otros se acomoden. “Reprogramen para que podamos garantizar seguridad.” Traducido: si no nos facilitan el trabajo, no respondemos. Ese enfoque no es liderazgo, es descarga. Un ministerio no está para pedirle al país que reduzca su vida pública para que el Estado alcance; está para fortalecer capacidades, coordinar recursos y asumir mando con claridad.

Y ojo: nadie está pidiendo milagros. Se pide lo básico de un Estado funcional: criterios claros para autorizar eventos simultáneos, coordinación con municipios y transporte, anillos de seguridad, inteligencia preventiva, control de barras violentas, planes de evacuación, respuesta médica, mando unificado. Si todo eso existiera como sistema, esta historia no explotaría con tono de alarma navideña. Explotaría, simplemente, no explotaría.

Esto no es un “choque de fechas”. Es un choque con la realidad: la seguridad pública no puede depender de mover el partido.

Reflexión final
Cuando un Estado se rinde antes del pitazo, el hincha no entra al estadio con emoción: entra con temor. Y en un país donde el miedo ya se volvió rutina, lo verdaderamente repudiable no es que reprogramen una noche de fútbol; es que sigamos aceptando que la autoridad funcione como espectador que pide que le bajen el volumen al problema para poder escucharlo.

Lo más nuevo

Artículos relacionados