Minsa eleva a seis los casos confirmados de influenza H3N2

Foto: Reina de la Selva.

El Minsa anuncia seis casos confirmados de influenza A H3N2 y pide calma. Pero el problema no es el número: es el contexto. En un país donde faltan vacunas y otras terminaron incineradas por vencimiento, la frase “seguimos vigilando” suena menos a prevención y más a coartada. Porque cuando la salud pública se gestiona sin previsión, el virus no es el enemigo principal: lo es la desorganización convertida en política de Estado.

La influenza H3N2 no es nueva. Se comporta de forma estacional, afecta con mayor severidad a adultos mayores, niños pequeños, gestantes y personas con enfermedades crónicas, y suele presionar los servicios en los meses fríos. Todo eso se sabe. Entonces, ¿por qué el país entra a este ciclo con campañas de vacunación “en etapa final”, con “pocas dosis restantes” y con el antecedente incómodo de vacunas que caducaron y se destruyeron?.

Aquí la mordacidad es inevitable: en el Perú se queman vacunas mientras se encienden brotes. La explicación no puede ser siempre la misma —“problemas de logística”, “demanda imprevista”, “ajustes de última hora”— porque el invierno no es imprevisto y la población vulnerable no es una sorpresa estadística.

El ministro habla de vigilancia epidemiológica, pero el ciudadano observa hospitales que ya cargan con COVID-19, H1N1 e influenza en paralelo. Habla de priorización, pero madres y adultos mayores siguen haciendo colas para encontrar dosis. Habla de seguimiento, pero no de un plan de contingencia visible: ¿cuántas brigadas, en qué zonas, con qué stock, en qué plazos? Sin ese detalle, la gestión se vuelve relato.

Y aquí entra la responsabilidad política. José Jerí y su gabinete administran la salud como si el país estuviera en piloto automático hasta el 28 de julio de 2026. No hay un plan estratégico de prevención que se comunique con claridad ni una auditoría pública que explique por qué se perdió tiempo y se perdió stock. En salud, la falta de planificación no se paga con críticas: se paga con neumonías, camas ocupadas y familias que sienten que el sistema solo reacciona cuando el problema ya tocó la puerta.

Seis casos hoy son una cifra manejable. Mañana, sin vacunas suficientes ni coordinación real, pueden ser el prólogo de otra temporada saturada.

Reflexión final
Un Estado que destruye vacunas por caducidad y luego pide calma no está cuidando a su población: está administrando su propia desidia. La influenza H3N2 no es un accidente; es una prueba. Y, una vez más, la salud pública peruana parece llegar a ella sin respuestas claras y con demasiadas excusas.

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