(Foto: La República). En el Perú, la política no se resigna a ser servicio público; insiste en parecer negocio familiar. A meses de las Elecciones Generales 2026, Juntos por el Perú (JPP) inscribe a hermanos, sobrino y cuñada de Pedro Castillo como candidatos a senadores y diputados. No es un gesto de “renovación” ni un homenaje a la diversidad: es el viejo reflejo de un sistema que, cuando se queda sin ideas, recurre a lo más rentable y rápido: el apellido, la cercanía, la lealtad.
La lista es clara. Irma Castillo Terrones postula a diputada por Lima Metropolitana. El sobrino Cledin Vásquez Castillo busca una curul por el Callao. Yenifer Paredes, cuñada del expresidente y hermana de Lilia Paredes, postula por Cajamarca. Y José Mercedes Castillo Terrones apunta al Senado. Todo aparece, además, al borde del plazo de inscripción, como si la prioridad no fuera presentar propuestas al país, sino colocar nombres en la planilla antes de que se cierre la ventanilla.
Y aquí está el punto incómodo: nadie discute el derecho legal a postular. Lo que se cuestiona —y con razón— es el mensaje ético. ¿Qué democracia se construye cuando un partido decide llenar espacios con la familia de un expresidente condenado por conspiración para rebelión tras el intento de golpe del 2022? Se construye una democracia que se acostumbra a la impunidad simbólica: si el líder cae, entra el círculo; si el poder se cuestiona, se reemplaza por sangre; si hay crisis, se administra como relato.
La política peruana ya tiene demasiadas herramientas para degradarse: clientelismo, financiamiento oscuro, improvisación programática, transfuguismo. Ahora suma otra: la representación como extensión doméstica. Y lo peor es que se vende como “cercanía con el pueblo”, cuando en realidad es captura del espacio público por redes de confianza privada.
Además, el contexto no ayuda a limpiar la escena. Irma Castillo ha sido señalada por tener un cargo remunerado mientras realizaba acciones políticas vinculadas a la campaña por la liberación de su hermano. Yenifer Paredes carga antecedentes de investigaciones fiscales. No son condenas, pero son alertas. Y en un país agotado de escándalos, lo mínimo exigible sería prudencia. Pero aquí la prudencia suele ser enemiga del cálculo: se apuesta a que la indignación dure poco y el votante se acostumbre a todo.
Cuando un partido arma listas con familiares como “cuadros”, no está fortaleciendo la democracia: está confesando su debilidad. Está diciendo, sin decirlo, que no tiene cantera, ni mérito, ni proyecto.
Reflexión final
El Perú no necesita más apellidos en la boleta: necesita ideas, equipos y ética verificable. Si el 2026 normaliza la política hereditaria, la ciudadanía volverá a elegir entre lo malo y lo reciclado. Y luego nos preguntaremos —otra vez— por qué el país no avanza. La respuesta será la misma: porque seguimos votando en un sistema que confunde representación con parentesco.
