(Foto: La Caja Negra). Lucía Nuñovero lo dijo sin maquillaje: el presidente Jerí “sale de una clase política ambivalente, que coquetea con grandes intereses criminales y los favorece”. Y esa frase no es un ataque personal: es un diagnóstico del Estado peruano actual. Porque aquí el crimen no solo dispara; también financia, captura oficinas, compra silencios y, cuando puede, escribe reglas. El drama es que, mientras eso ocurre, el gobierno vende firmeza en conferencia y deja la estructura intacta.
Nuñovero describe el nivel más alto de la corrupción: no el soborno del “déjame trabajar”, sino el salto superior: “tengo un político financiado y ese político va a legislar y hará políticas públicas a mi favor”. En esa liga, el crimen organizado ya no necesita esconderse; solo necesita representantes. Y el Perú, con partidos débiles y campañas opacas, se vuelve terreno fértil para que economías ilegales conviertan su dinero en poder formal.
La especialista advierte además que el problema no es solo presupuesto: el sector Interior maneja miles de millones, pero el avance se frena por mala gestión, argollas, compras direccionadas y controles internos débiles. Es decir, el Estado no está pobre; está mal administrado y vulnerable. Por eso hoy no sorprende escuchar que comisarías y unidades de investigación terminan captadas o pactando, de manera cada vez más impúdica, con los mismos a quienes deberían perseguir.
En ese escenario aparece el “Bukele” peruano: un estilo duro para la cámara y blando para el fondo. Nuñovero lo explica con crudeza: si Jerí quisiera de verdad esa ruta, tendría que empezar por lo que nadie quiere tocar: purgar la policía, reconstruir unidades de élite con incentivos reales, fortalecer inteligencia financiera y patrimonial, y corregir un sistema de justicia que se ahoga en prisiones preventivas largas y resultados pobres. Pero eso implica romper redes, chocar con intereses y dejar de coquetear con el “equilibrio” que en realidad es complicidad.
El crimen organizado, como el Tren de Aragua, busca mercados donde pueda predar: gente trabajadora con dinero circulando, informalidad, baja protección y una policía sobornable. Ese cóctel es el retrato de un país que no solo tiene delincuencia: tiene un Estado que, por omisión o connivencia, facilita el negocio.
El problema no es la falta de discursos duros. Es la falta de decisiones duras contra las redes internas que sostienen la captura.
Reflexión final
Un gobierno que promete mano firme sin limpiar su propia casa solo construye escenografía. Y una democracia donde el crimen puede financiar política y orientar leyes deja de ser democracia plena: se convierte en administración del miedo. Jerí no necesita parecer Bukele; necesita dejar de ser, como advierte Nuñovero, el producto de una clase política que mira al crimen y, en vez de enfrentarlo, negocia con él.
