(Foto: Lima Gris). En Lima, la política ha logrado algo extraordinario: convertirse en cábala. Mientras el país cierra el 2025 con inseguridad, desencanto y bronca acumulada, Mesa Redonda y el jirón Huallaga ofrecen una terapia popular a palazos: piñatas de Dina Boluarte, José Jerí y el Congreso listas para ser reventadas a medianoche. Es la democracia en versión artesanal: si no se puede fiscalizar a los poderosos, al menos se les puede romper la cara… de papel.
La escena tiene humor, sí, pero también diagnóstico. Dina aparece con frases sobre pensión vitalicia y el infaltable “Rolex”, como recordatorio de que en el Perú los símbolos de impunidad se vuelven merchandising. Jerí también entra al catálogo, y el Congreso, cómo no, convertido en piñata colectiva —a veces con el edificio ardiendo— como si el país ya hubiera encontrado su resumen del año: fuego, rabia y desconfianza.
La sátira no nace por deporte. Nace porque el ciudadano está cansado de un poder que se blinda, se premia y se recicla. La piñata es el voto simbólico de quien ya no cree en el voto real. Y eso es peligrosísimo: cuando el humor reemplaza a la esperanza, la democracia empieza a caminar en muletas.
Lo más ácido es que el mercado entiende lo que la política ignora: la gente no compra piñatas solo para reír; compra para exorcizar. Romper a Dina es romper el insulto de la frivolidad en un país con hambre y miedo. Romper a Jerí es romper el discurso de “seguridad” que no llega al barrio. Romper al Congreso es romper la sensación de que legislan para sí mismos mientras la calle se pudre. En el fondo, esas piñatas no son personajes: son frustraciones con forma.
Y aun así, ahí está el contraste indecente: el poder real no se rompe con un palo. El poder real se protege con leyes, con influencias y con blindajes. El ciudadano se queda con la catarsis: golpea cartón porque no puede golpear el sistema. La piñata, entonces, es el espejo de una república donde la rendición de cuentas se volvió espectáculo y la indignación tuvo que aprender a venderse por docenas.
Que los políticos sean los protagonistas del Año Nuevo no es una anécdota folclórica: es una advertencia social. Cuando el país solo puede procesar su rabia con sátira, es porque la política dejó de ser solución y pasó a ser problema.
Reflexión final
Quizá por eso estas piñatas “dan buena suerte”: permiten soltar lo que el Estado no resuelve. Pero cuidado: la catarsis no reemplaza la justicia. Reventar figuras de papel puede aliviar un minuto, pero el 2026 se abrirá con la misma pregunta: ¿seguiremos golpeando piñatas o, por fin, empezaremos a golpear la impunidad donde realmente duele: en las urnas, en la vigilancia ciudadana y en la exigencia ética sin tregua?.
