(Foto: Idehpucp). El Jurado Electoral Especial declaró inadmisibles 18 planchas presidenciales rumbo a 2026. No es una anécdota burocrática: es un diagnóstico. Un país que exige seriedad recibe expedientes incompletos, omisiones básicas y errores que no deberían existir en organizaciones que pretenden conducir el Estado. En la “república del trámite”, la política vuelve a demostrar que se toma el poder como objetivo… pero la responsabilidad como adorno.
Para que no quede en abstracto, estas son planchas y organizaciones observadas en el proceso: Avanza País, Perú Libre, APRA, Cooperación Popular, Sí Creo, Libertad Popular, País para Todos, Partido Demócrata Verde, Unidad Nacional, Salvemos al Perú, Alianza Venceremos, Perú Acción, Partido de los Trabajadores y Emprendedores, Integridad Democrática, PRIN, Cívico Obras, Fuerza y Libertad y el Partido Democrático Federal.
El abanico es tan amplio que desmonta cualquier excusa partidaria: aquí no hay “persecución selectiva”, hay desorden generalizado. Y el tipo de observaciones retrata la precariedad con una claridad brutal: renuncias no formalizadas, cargos no consignados, falta de firmas o huellas, hojas de vida que no aparecen, nombres incompletos de la organización política, fechas contradictorias, planes de gobierno con secciones ausentes, documentos que no se adjuntan o se presentan tarde. No es que “se les pasó un detalle”: es que fallaron en lo mínimo.
Lo irónico —y trágico— es el discurso paralelo. Muchos de estos partidos se llenan la boca hablando de “orden”, “institucionalidad”, “reforma del Estado” y “lucha contra la corrupción”. Pero cuando toca demostrar competencia básica, entregan una plancha como quien manda un trabajo escolar al filo de la medianoche. El problema no es que el sistema observe: el problema es que estas organizaciones llegan a la puerta del proceso electoral sin disciplina interna, sin control de calidad y sin respeto por el elector.
El JEE ha dado dos días para subsanar. Perfecto. Pero el daño político ya está hecho: queda claro que una parte de la oferta presidencial se sostiene en improvisación y maquillaje. Y en un país con delincuencia desbordada, crisis institucional y hartazgo social, improvisar no es torpeza: es irresponsabilidad.
Si desde la inscripción la política muestra fisuras, la campaña corre el riesgo de ser un desfile de promesas sobre bases flojas: mucha consigna, poca capacidad.
Reflexión final
El 2026 no debería premiar al que grita más, sino al que demuestra que puede hacer lo básico bien. Porque si una organización no puede ordenar su expediente, lo más probable es que tampoco pueda ordenar un país. Y el Perú ya no está para experimentos.
