GOLPERÚ: cerramos transmisión, abrimos una historia eterna

Este 31 de diciembre el tablero marca el minuto 90 para GOLPERÚ. No hay tiempo añadido y no hay revisión en el VAR. El árbitro se lleva el silbato a la boca y el país entero contiene la respiración. Se apaga la señal. Y en ese gesto final no se va un canal: se va el compañero que estuvo siempre cuando rodaba la pelota, el socio fiel de los fines de semana, el que hacía sentir que el fútbol peruano tenía casa.

El partido que jugamos juntos. Durante casi una década, GOLPERÚ fue local en todo el Perú. Visitó plazas y estadios donde nunca antes habían llegado las cámaras, cruzó la costa, trepó la sierra y se metió en la selva con la misma camiseta puesta. Cada fecha fue un partido aparte: madrugadas como concentraciones eternas, aeropuertos como camerinos, carpas convertidas en cabinas, estadios con más fe que cemento. Y aun así, la transmisión salía. Siempre salía. Porque detrás había un equipo que entendía que para el hincha no existía el “no se pudo”.

No fuimos solo los que pasaron la pelota. Fuimos los que armaron la jugada. Los programas fueron la previa, el entretiempo y el análisis postpartido. Los conductores sostuvieron el mediocampo con temple y cercanía; los narradores fueron mucho más que el grito del gol: fueron quienes sentenciaron títulos, inmortalizaron finales, bautizaron jugadas y dejaron selladas en la historia del fútbol peruano esas frases que hoy siguen retumbando en la memoria colectiva; los comentaristas pusieron la lectura táctica cuando el partido se desordenaba; y los reporteros de campo, con el micrófono en medio del ruido, el polvo y la lluvia, llevaron al hincha hasta el corazón del vestuario y al borde mismo de la cancha. Con ellos, el fútbol no solo se vio: se jugó desde la sala, se gritó desde el sillón y se sufrió como si uno estuviera en la tribuna.

GOLPERÚ estuvo en las finales que se ganaron en el último suspiro y en las derrotas que dolieron como una roja directa al corazón. Estuvo cuando el barrio se abrazó como si hubiera ascendido el país entero y cuando el hincha se quedó mirando el piso porque el descenso era inevitable. Registró penales que todavía tiemblan en la memoria, festejos que se salieron de la casa y silencios que se tragaron palabras.

Y detrás del once titular hubo un plantel completo que casi nunca salió en la foto. Productores, realizadores, camarógrafos, sonidistas, editores, operadores, ingenieros, logística, transporte y administración: el banco de suplentes que en realidad sostuvo el partido. Llegaban cuando el estadio aún estaba cerrado y se iban cuando ya no quedaba nadie en la tribuna. Más de cinco mil encuentros después, su trabajo es la tabla de posiciones de esta historia.

Y en un campeonato donde muchos prometen y pocos cumplen, GOLPERÚ jugó limpio hasta el final. Pagos puntuales a los clubes, mes a mes, año tras año, incluso cuando llegó la pandemia y el fútbol se quedó sin aire. No fue marketing: fue respeto. Fue entender que este deporte se sostiene con responsabilidad, no solo con goles.

Desde el banco y con el corazón en la mano: gracias a Nix Media, aliado estratégico, por empujar cada objetivo como si fuera un clásico. Y a los socios del Consorcio–GOLPERÚ, gracias por confiar en un equipo que jugó sin esconder la pelota, creyendo en la gente que no sale en pantalla pero gana partidos todos los días. Apostaron por el fútbol peruano cuando el calendario se volvió cuesta arriba y la cancha parecía inclinada; invirtieron en la etapa más difícil, cuando sostener el campeonato era, en sí mismo, un acto de fe. Con esa apuesta no solo respaldaron transmisiones: impulsaron la industria del fútbol, promovieron profesionalización, generaron empleo directo e indirecto y contribuyeron a que el fútbol peruano siga siendo una actividad viva, con movimiento económico y con futuro.

Pitazo final – 31 de diciembre, 11:59 p. m.
No hay tiempo extra. El partido se terminó. Pero queda la historia. Quedan los goles, las finales, las lágrimas, las risas, los fines de semana que se volvieron familia. GOLPERÚ se despide, pero se queda en la memoria de un país que aprendió a mirarse a sí mismo a través del fútbol.

Se apagan las luces. La tribuna queda vacía.
Pero el equipo ganó su lugar en la eternidad.

Un abrazo de gol.
Edwin Gamboa Pancorbo

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