(Foto: Gemini). La FIFA anunció con orgullo que recibió más de 150 millones de solicitudes de entradas para el Mundial 2026. El titular suena a victoria moral: “pasión global”, “interés histórico”, “fútbol para todos”. Pero el mismo dato revela lo contrario: la demanda supera 30 veces la oferta disponible. En otras palabras, el Mundial más grande de la historia empieza con una escena conocida: millones afuera mirando cómo la “inclusión” se administra como sorteo.
La venta inicial funciona bajo un modelo de lotería: se solicita, se espera y se reza para aparecer en la lista. Se presenta como igualdad: cualquiera puede participar. Pero una lotería no es inclusión; es azar. Y cuando el acceso depende del azar, el hincha deja de ser ciudadano del fútbol para convertirse en número de trámite. Peor aún: en este ecosistema, el azar convive con privilegios de mercado. Porque mientras unos esperan la notificación, otros entran por paquetes, reventas, membresías y circuitos de consumo diseñados para quienes pueden pagar más.
Infantino celebra la cifra como prueba de que el Mundial será “el mayor espectáculo inclusivo del planeta”. La frase es bonita, pero el cálculo es brutal: si hay 150 millones de pedidos para una oferta limitada, el “espectáculo inclusivo” será, en la práctica, un espectáculo selectivo. El filtro no lo decide la pasión; lo decide la capacidad de acceso. Y la capacidad de acceso no empieza con el ticket, empieza con lo que cuesta el viaje: vuelos, hoteles, transporte, alimentación, tiempo. El boleto puede “mantener precio” en esta etapa, pero el resto del mundo —turismo, alojamiento, reventa— no promete nada.
La FIFA intenta suavizar el golpe con una categoría especial de entradas a 60 dólares para seguidores de selecciones clasificadas. Suena a gesto social. En la realidad, es un gesto mínimo dentro de un engranaje gigante: 48 selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede. Más partidos significa más inventario y más venta, sí, pero también más oportunidades para convertir la emoción en facturación. El fútbol se expande en el campo, pero el negocio se expande en todas las capas: acceso, experiencia, contenido, suscripciones, “paquetes oficiales”. El hincha común queda atrapado entre la ilusión y el embudo.
Este récord no demuestra que el Mundial sea más cercano. Demuestra que la FIFA administra una escasez tan grande que el acceso se vuelve premio, no derecho.
Reflexión final
Un Mundial realmente inclusivo no se mide por cuántos piden entrar, sino por cuántos pueden hacerlo sin hipotecar su vida o caer en la reventa. Si el fútbol nació del pueblo, el Mundial 2026 corre el riesgo de convertirse en vitrina donde el pueblo solo mira desde afuera. Y cuando la FIFA celebra el récord sin hablar del filtro, lo que está aplaudiendo no es la pasión: es el poder de su taquilla.
