José Jerí busca aplausos en la tribuna y hace política barata

(Foto: Presidencia). “Este 24 de enero ‘Y dale U’ y ‘Arriba Alianza’”. No lo escribió un hincha exaltado ni un tuitero buscando likes. Lo publicó el presidente José Jerí desde su cuenta oficial, minutos antes de que se confirmara que Universitario y Alianza Lima jugarán sus partidos de presentación el mismo día y en horario nocturno. El mensaje parece “simpático”, “cercano”, “popular”. Pero en un país donde la política vive buscando refugio en cualquier emoción colectiva, esto no es folklore: es uso del fútbol como instrumento.

Jerí no solo opinó: participó en la reunión en Palacio junto al ministro del Interior, Vicente Tiburcio, y representantes de ambos clubes, para destrabar la polémica por la coincidencia de la Noche Crema y la Noche Blanquiazul. Finalmente, la Policía Nacional asumirá la seguridad en el Monumental y Matute. Hasta ahí, gestión pública: coordinar riesgos, garantizar orden, prevenir violencia. Ese es el rol del Estado.

Lo que no es rol del Estado —y ahí está lo lamentable— es que el presidente juegue a ser barra desde el despacho. El problema no es que tenga un equipo o que le guste el fútbol. El problema es el mensaje: el poder se sube a la ola futbolera para cosechar simpatía, como si el país se arreglara con un “Y dale U” y un “Arriba Alianza”. En una realidad marcada por inseguridad, desconfianza y crisis institucional, recurrir al fútbol para ganar oxígeno político es una forma barata de conectarse con la gente sin resolver lo esencial.

Y hay un riesgo mayor: politizar el fútbol. El fútbol, con todo su fervor, ya es un espacio de tensiones fuertes; mezclarlo con poder político solo añade pólvora. Cuando el presidente toma partido simbólico —aunque diga “para ambos”— coloca al Estado dentro del relato futbolero. Y el Estado debe ser árbitro, no comentarista. Debe garantizar reglas, no alimentar pasiones. Debe cuidar seguridad, no buscar aplausos.

Además, la foto final con dirigentes y el tuit previo venden una narrativa peligrosa: que el fútbol se gestiona mejor desde Palacio que desde instituciones deportivas, y que el presidente es el gran articulador de lo que debería resolverse con planificación, protocolos y profesionalismo. En el fondo, es otro síntoma del país: centralizar todo en el poder y convertir cada decisión en espectáculo.

El fútbol y la política pueden convivir en una democracia, pero no deben mezclarse en el terreno emocional como herramienta de conveniencia. Un presidente no está para gritar barras: está para asumir responsabilidades reales.

Reflexión final
Cuando el poder usa el fútbol para buscar cariño, el deporte pierde autonomía y la política pierde seriedad. Hoy es un tuit “popular”. Mañana puede ser presión, favoritismo, manipulación o propaganda. Y en un Perú donde ya sobran los incendios, politizar la cancha es jugar con fuego… y pretender que la tribuna aplauda.

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