Lo difícil que es obtener un trasplante de órgano en el Perú

(Foto: El Peruano). En el Perú, conseguir un trasplante no es solo difícil: es una carrera desigual contra el reloj. No porque falte ciencia o capacidad médica —hay profesionales que hacen milagros reales— sino porque el sistema funciona como si la vida pudiera “reprogramarse”. Para miles de pacientes, el tiempo se mide en la esperanza de una llamada que anuncie un donante compatible. Y para demasiados, esa llamada nunca llega. Con apenas 1,8 donantes por millón de habitantes, el país convierte un procedimiento vital en un privilegio improbable.

La crudeza está en los números: en 2025, 474 personas fueron beneficiadas por una donación. Pero la lista de espera nacional supera las 7.000. Es decir, cientos se salvan mientras miles siguen mirando el teléfono como si fuese un respirador. Ese es el drama: el trasplante no es “una opción”; para muchos es la única salida. Y la espera prolongada no es un trámite, es un riesgo permanente.

EsSalud realiza la mayor parte de los trasplantes del país (alrededor del 85%), pero incluso allí la presión es enorme: cientos aguardan por un riñón, decenas por un hígado, pocos —pero críticos— por un corazón o un pulmón, y cerca de 800 esperan córneas. Cada cifra encubre historias de desgaste físico, costos económicos, viajes, exámenes repetidos, diagnósticos que avanzan y familias que se organizan alrededor de la incertidumbre. En este escenario, el “milagro” individual —como el trasplante exitoso de una joven cusqueña que logró recibir un corazón— ilumina una verdad incómoda: que sobrevivir depende, en buena medida, de que el sistema te alcance a tiempo.

¿Y por qué no alcanza? Primero, por cultura y desinformación toleradas durante años. El país sigue atrapado en mitos que deberían haber sido derrotados con educación pública sostenida: miedo al tráfico de órganos, temor a que el cuerpo sea “mutilado”, sospechas de que el personal de salud no hará todo por salvar a un paciente. En otras palabras: mentiras que circulan con más rapidez que la información oficial. Y mientras los mitos mandan, la donación cae.

Segundo, por límites operativos. Identificar un donante en muerte encefálica exige equipos especializados, procuradores, coordinación inmediata y logística fina. Fuera de Lima, esos recursos son escasos. Y aunque en 2025 se impulsó el modelo de consentimiento presunto —donde todos somos donantes salvo que digamos lo contrario— la ley por sí sola no crea procuradores, no multiplica cirujanos ni construye redes regionales. Si no se fortalece el sistema, la norma se queda en papel.

Obtener un trasplante en el Perú es difícil porque el país no ha tratado la donación como política de Estado, sino como campaña ocasional y promesa a medias.

Reflexión final
Un país se mide por su capacidad de salvar vidas sin depender de la suerte. Hoy, en trasplantes, el Perú sigue pidiendo milagros donde debería garantizar procesos. Educar, informar y reforzar capacidades no es un “plan bonito”: es una obligación moral. Porque cuando la vida depende de una llamada que no llega, el problema no es la medicina. Es el abandono.

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