(Foto: Buenazo). Hay alertas que deberían activar sirenas, no comunicados. Esta es una. La eritrosina (Rojo N.° 3), vinculada al riesgo de cáncer en estudios con animales, sigue en la mesa peruana con una tranquilidad insultante: “se ha emitido alerta”, “se ha publicado lista”, “se recomienda reemplazo”… y se firma la parte más reveladora: plazo hasta el 15 de enero de 2027. Traducción al castellano ciudadano: dos años más para seguir consumiéndola mientras el Estado hace de guía turístico de la industria en su “transición”. Acompañar, esperar, sugerir. Proteger, no tanto.
Y aquí viene lo verdaderamente perverso: no estamos hablando solo de caramelos y golosinas que se esconden en la etiqueta con letras microscópicas. Estamos hablando de chorizos y embutidos, alimentos de compra frecuente, de desayuno, de parrilla, de lonchera, de “lo de siempre”. Lo que se compra sin pensar. Lo que se normaliza. Porque en Perú el riesgo funciona mejor cuando se vuelve costumbre: nadie protesta por lo que ya forma parte del carrito.
La ironía es de manual: se reconoce el problema, pero se administra como si fuera una incomodidad menor. “No hay evidencia concluyente en humanos”, dicen los defensores del plazo largo, como si la salud pública fuera un juego de ruleta: cuando salga el número equivocado, recién cerramos el casino. Mientras tanto, el consumidor se convierte en su propio ministro de salud: “lea etiquetas”, “busque alternativas”, “evite si puede”. Claro, como si todas las familias tuvieran tiempo, información y presupuesto para jugar al detective en el supermercado. La prevención aquí no es política pública: es tarea individual con multa invisible.
Y lo más grave no es el plazo: es el mensaje político detrás del plazo. Un Estado que frente a un aditivo vinculado al cáncer no actúa con urgencia, actúa con comodidad. No manda, negocia. No corta, posterga. No protege al ciudadano, protege la estabilidad del mercado. Porque, al final, la prioridad parece ser que la industria no se incomode, aunque el país siga acumulando exposición “dentro de lo permitido”.
¿Dónde están las sanciones claras si en 2027 no cambian? ¿Dónde está el retiro gradual obligatorio en categorías de consumo masivo? ¿Dónde está la fiscalización agresiva, sostenida, real? Sin dientes, la alerta es solo un volante. Y el Congreso —siempre listo para el show— “tiene pendiente debatir” como quien guarda un expediente para después. Esa frase, en el Perú, suele significar: hasta que el tema se enfríe, hasta que nadie se acuerde, hasta que el riesgo se vuelva paisaje.
La eritrosina no es solo un colorante. Es un símbolo: el de un país donde el Estado le dice al ciudadano “cuídate”, mientras le firma al mercado “tienes tiempo”. Es el mismo patrón de siempre: el consumidor pone el cuerpo, y la institución pone plazos.
Reflexión final
Cuando un país acepta dos años más de exposición en alimentos cotidianos, la discusión ya no es científica: es moral. Porque la verdadera pregunta no es cuánto Rojo N.° 3 hay en el chorizo. La pregunta es cuánta indiferencia hay en el Estado para declarar “alerta” y, al mismo tiempo, autorizar que el riesgo siga circulando con normalidad.
