(Foto: Infobae). Hay mensajes que deberían paralizar un país. “No adquirir ni consumir” es uno de ellos, sobre todo cuando el destinatario es un alimento infantil. Sin embargo, esa frase, emitida por DIGESA tras ordenar el retiro de la fórmula “NAN Supreme Pro 2”, se diluye en la marea informativa como si fuera un trámite más. Y ese es, justamente, el problema: en el Perú, incluso las alarmas sanitarias suenan como rutina.
El guion es conocido. Primero, el producto circula con normalidad en supermercados, boticas y farmacias. Luego se detecta una posible desviación de calidad. Después aparece el comunicado: retiro voluntario, acciones de control, coordinaciones con regiones, exhortación a la ciudadanía. Todo correcto en el papel, todo tardío en la práctica.
La nutrición infantil no es un rubro cualquiera. No se trata de un suplemento opcional ni de un artículo de temporada. Es la base de la salud futura de miles de niños y niñas cuyos padres confían —o necesitan confiar— en que lo que compran cumple estándares innegociables. Por eso, cuando DIGESA levanta la mano y dice “no comprar”, no está siendo estricta: está revelando que el sistema falló antes.
El discurso oficial repite que se están verificando los retiros en puntos de venta. Pero la pregunta es más incómoda: ¿cuánto tiempo estuvo el producto disponible antes de que alguien reaccionara?, ¿cuántas familias lo compraron sin saber nada?, ¿qué tan real es el control en mercados populares donde la trazabilidad se evapora entre cajas y mostradores?.
Aquí no se trata de apuntar a una empresa ni de montar un juicio mediático. Se trata de una debilidad estructural: el Estado aparece con reflejos de emergencia, no con vigilancia permanente. Y así, la salud pública se gestiona como si fuera una cadena de accidentes inevitables y no un sistema que debería anticiparse.
El retiro de “NAN Supreme Pro 2” debe ser exhaustivo, medible y transparente. No basta con pedirle a la ciudadanía que no compre: hay que garantizar que no tenga dónde comprarlo. Esa es la diferencia entre exhortar y proteger.
Reflexión final
Hoy, el mensaje es claro para los padres: revisen, desconfíen, deténganse. Pero el mensaje al país debería ser más duro: mientras DIGESA llegue solo cuando el riesgo ya salió al mercado, seguiremos viviendo en un modelo donde la prevención es discurso y la vigilancia, reacción tardía. Y con la infancia, cada minuto de retraso es un lujo que no nos podemos permitir.
