En el Perú, hay escándalos que no mueren: se reciclan. El caso Alas Peruanas vuelve a tocar la puerta del poder, pero esta vez con una decisión que incomoda: el Poder Judicial ordenó que Fuerza Popular sea incorporado en la investigación por lavado de activos vinculada a los aportes atribuidos a Joaquín Ramírez durante campañas electorales. La pregunta no es si esto “daña la imagen” del partido; la pregunta es por qué, una y otra vez, el financiamiento político aparece como el pasadizo perfecto entre el dinero opaco y el poder.
La hipótesis fiscal es contundente: el partido habría recibido aportes que no solo se explican por militancia o simpatía, sino por presunta procedencia irregular vinculada a la administración de una universidad privada. Se mencionan periodos y montos, y también algo más grave: bienes transferidos en favor del partido. En cualquier país serio, eso obliga a una reacción inmediata: auditoría interna, rendición de cuentas, transparencia total y explicación política. Aquí, en cambio, lo habitual es el libreto de siempre: “persecución”, “abuso”, “caviares”, “odio”, “politización”. Un diccionario de excusas para no hablar de lo único que importa: el origen del dinero.
Y si el dinero fue, como sostiene la tesis, una inversión para obtener retorno político —obras, beneficios tributarios o marcos normativos favorables— entonces no estamos ante un simple “aporte”, sino ante un esquema de captura del Estado por la puerta trasera. La política convertida en ventanilla. La campaña como contrato moralmente clandestino: hoy financio, mañana cobro.
En ese tablero, Keiko Fujimori no puede presentarse como espectadora accidental. Fuerza Popular es su vehículo político, su marca, su estructura. Si la investigación sostiene que la organización pudo funcionar como engranaje para canalizar fondos presuntamente ilícitos, la respuesta no puede ser indignación teatral. Debe ser claridad. Y Joaquín Ramírez, nuevamente, aparece como símbolo de esa cultura del “aporte” que no busca fortalecer la democracia, sino comprar influencia.
Pero el contexto agrega una sombra: mientras el Poder Judicial amplía investigaciones, el país ve cómo se desactivan equipos especiales que perseguían redes de corrupción y crimen organizado, dejando fuera a fiscales que lideraron casos emblemáticos. La coincidencia no es menor. En política, los tiempos también hablan.
La incorporación de Fuerza Popular a la investigación no es sentencia, pero sí una señal institucional: el financiamiento no es un tema accesorio, es el corazón de la corrupción estructural. Si la política quiere recuperar un mínimo de legitimidad, debe entender que el dinero sucio no se “explica”: se investiga, se transparenta y se sanciona.
Reflexión final
Cuando un partido se acostumbra a responder sobre aportes con discursos de victimización, y el sistema se acostumbra a reordenar —o desarmar— los equipos que investigan, el mensaje al ciudadano es brutal: la ley es dura con el de a pie y flexible con quien tiene poder. Y si esa lógica se normaliza, el país no se queda sin justicia: se queda sin futuro.
(Foto: Ahora.Com).
