El periodismo no persigue sombras; las alumbra. Y fue Punto Final quien encendió la linterna: José Jerí, presidente, bajando de un cofre oficial con capucha, entrando de noche a un chifa de San Borja para reunirse con un empresario chino, sin agenda, sin registro y sin explicación previa. No es una escena de película: es la postal de un país que se cansó de que el poder se comporte como si la transparencia fuera una molestia.
El Gobierno explicó después —cuando ya no había escapatoria— que la reunión fue por el Día de la Amistad Perú–China. Magnífico. Entonces surge la pregunta elemental: ¿desde cuándo la amistad entre Estados se planifica a escondidas, fuera de Palacio, con capucha y silencio administrativo? Si el motivo era tan noble, ¿por qué no usar los canales formales, con acta, agenda y registro, como exige cualquier manual de Estado?
Jerí reaccionó con una frase que parece sacada de un libro de autoayuda: “No hagas cosas buenas que parezcan malas”. El problema es que el presidente no gobierna para que “no parezca”: gobierna para que sea correcto. Y lo correcto no se hace de madrugada, ni en restaurantes privados, ni sin dejar huella institucional. Eso se llama opacidad. Y en el Perú, la opacidad no es una torpeza: es una tradición peligrosa.
La historia reciente no ayuda. Cada vez que un presidente decide conversar fuera de Palacio, sin registro y con explicaciones posteriores, el país recuerda demasiado bien cómo terminaron esas historias. Cambian los actores, cambia el barrio, cambia el menú; no cambia el método. Y cuando además el empresario tiene vínculos con entornos políticos sensibles, la escena deja de ser pintoresca para volverse alarmante.
Lo más mordaz es el contraste. Mientras el ciudadano debe justificar cada trámite, cada firma, cada copia, el presidente se permite gobernar como si estuviera de incógnito, como si el cargo se pudiera doblar y guardar en el bolsillo de una capucha. Jerí no solo se reunió sin agenda: normalizó la clandestinidad como estilo de poder. Y eso, en una democracia herida, es gasolina pura.
Un presidente no se explica por X ni se justifica después de ser descubierto. Se conduce con reglas claras antes de que alguien tenga que prender la cámara.
Reflexión final
Jerí tuvo la oportunidad de marcar distancia con los fantasmas del pasado. Eligió, en cambio, caminar con ellos, de noche y encapuchado. Y cuando el poder empieza a moverse en sombras, el mensaje para el país es devastador: no temen al delito; temen a la transparencia. En ese terreno, la política deja de ser servicio y se convierte en sospecha permanente.(Foto: La República).
