Hay momentos que no se miran: se sienten. No pertenecen a una fecha ni a un estadio, sino a esa zona íntima donde el fútbol se vuelve memoria colectiva. Esta semana, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, eligió el mejor gol de toda la historia de los Mundiales y, al hacerlo, encendió una llama que parecía dormida pero nunca apagada. Su respuesta fue sencilla y, por eso mismo, poderosa: el segundo gol de Diego Armando Maradona contra Inglaterra en México 1986. No eligió solo una jugada; señaló un símbolo. Un relámpago que, décadas después, todavía ilumina.
La grandeza de ese gol no está únicamente en su recorrido de 52 metros, ni en la forma en que el balón se vuelve extensión del cuerpo, ni en la manera en que los rivales quedan atrás como si fueran sombras. La grandeza está en lo que deja en el aire: una mezcla extraña de vértigo y belleza, de coraje y alegría, de rebeldía creativa. Infantino lo describió como un instante de “genialidad, creatividad y coraje”, y es difícil encontrar mejores palabras. Porque ahí, en esa corrida, el fútbol no se explica: se revela.
Hay goles que ganan partidos; y hay goles que ganan un lugar en la historia humana. Este pertenece a los segundos. Es una escena donde la lógica se rinde: la gambeta es poema, la velocidad es metáfora, la decisión es destino. Maradona no solo avanzó hacia el arco; avanzó hacia una idea: la del jugador que se atreve a inventar, incluso cuando el mundo le exige prudencia. Ese gol no se jugó para el resultado: se jugó para la eternidad.
Que el presidente de la FIFA lo elija como el mejor gol mundialista es también un gesto de gratitud hacia lo que el fútbol ha sido y debe seguir siendo. En la cuenta regresiva al Mundial 2026, cuando el espectáculo crece y la maquinaria se vuelve gigantesca, recordar esta obra maestra es volver al origen: el fútbol como emoción pura, como idioma común, como abrazo entre desconocidos. Un gol así no pertenece a Argentina solamente; pertenece a todo aquel que alguna vez sintió que una pelota podía darle sentido a una tarde.
Infantino, quizá sin buscarlo, le devolvió al fútbol su dimensión más humana: la del arte que nace en una cancha y termina viviendo en la memoria del mundo. Eligió el mejor gol de la historia y con eso nos recordó que el Mundial no es solo un torneo: es un álbum de instantes que nos enseñan a creer.
Reflexión final
Cuando el tiempo pase y otros campeones levanten la copa, cuando el 2026 sea recuerdo y las pantallas cambien de moda, esa corrida seguirá ahí: intacta, luminosa, imposible. Porque hay goles que no envejecen. Y porque, a veces, el fútbol —como la poesía— solo necesita una jugada para decirlo todo. (Foto: Conmebol).
