El Jurado Nacional de Elecciones confirma el dato que debería preocupar más que entusiasmar: 32 planchas presidenciales siguen en carrera, dos esperan resolución de tachas y dos ya quedaron fuera. La cifra se vende como pluralidad, pero en el Perú suele funcionar como otra cosa: fragmentación con maquillaje democrático. Cuando la política se multiplica sin mejorar, la oferta no se enriquece; se abarata.
Treinta y dos fórmulas no son, por sí mismas, un signo de vitalidad. También pueden ser la evidencia de un sistema que premia el cascarón: inscribir, aparecer, gritar, sobrevivir al trámite. Así, la campaña se vuelve una feria donde la competencia no es por ideas, sino por visibilidad; no por planes, sino por titulares; no por solvencia ética, sino por “quién pega más” en redes.
Mientras tanto, el proceso se presenta como “alto nivel de fiscalización y control formal”. Perfecto: control de papeles. Pero el país no se cae por un documento mal presentado; se cae por improvisación, oportunismo y cinismo. Y ahí el control suele llegar tarde o no llega. El caso de Perú Primero, con su lista declarada improcedente por no subsanar observaciones dentro del plazo, revela una verdad incómoda: hay proyectos políticos que ni siquiera pueden ordenar su inscripción, pero pretenden ordenar el Estado. Y como si fuera poco, la puerta de la apelación siempre deja la sensación de que la política también se juega en pasillos, a punta de recursos y tecnicismos.
En paralelo, Primero La Gente espera lo que decida el JNE tras la negativa inicial del JEE. Avanza País enfrenta una tacha admitida que abre evaluación. Renovación Popular respira porque sus tachas fueron rechazadas. Y el ciudadano, en medio, mira el tablero como quien intenta armar un rompecabezas con piezas de distintos juegos.
Lo más grave no es la cantidad. Es la lógica: la elección se convierte en un filtro administrativo, cuando debería ser un examen público de integridad, competencia y propuestas. Con 32 planchas, el riesgo no es solo la confusión: es el voto resignado, el “el mal menor”, el “al menos que no sea tal”, el “este es conocido”. Ahí la democracia deja de ser elección y se vuelve descarte.
La política peruana no necesita más siglas: necesita más seriedad. Si el sistema produce decenas de candidaturas sin capacidad de construir consensos mínimos, lo que tendremos no será gobernabilidad: será una segunda vuelta eterna en el Congreso, en la calle y en el bolsillo del ciudadano.
Reflexión final
La pregunta del 2026 no es “¿a cuántos inscribieron?”, sino “¿a cuántos podemos confiarles el país?”. Porque cuando la democracia se llena de planchas, pero se vacía de responsabilidad, el voto deja de ser esperanza y se convierte en un acto defensivo: elegir no al mejor, sino al menos dañino. Y eso, en cualquier república, es una alarma encendida. (Foto: Caretas).
