“José Jerí con las mismas mañas de Pedro Castillo” no es una frase exagerada: es una comparación que el propio guion político peruano insiste en escribir. Cambian los nombres, cambia el barrio, pero el método vuelve como mal hábito institucional: reuniones secretas, fuera de agenda, sin registro y con explicaciones tardías. Si la democracia se mide por transparencia, Jerí acaba de escoger —otra vez— el camino que ya nos salió carísimo.
Las similitudes con Pedro Castillo no son un capricho de la prensa ni una manía de opositores. Son hechos que calzan demasiado bien. Castillo convirtió las citas “sin registro” en costumbre y el país terminó con Sarratea como símbolo de la política paralela. Jerí, en lugar de aprender la lección, parece haber rescatado el manual: reunión extraoficial, nocturna, fuera de Palacio y sin huella institucional. ¿Y el detalle que termina de cerrar el círculo? El uso del “cofre” presidencial, el mismo vehículo oficial asociado a la opacidad del pasado. Cuando repites el método, no puedes pedir que te crean el cuento.
Lo más ácido es la excusa: Jerí sostiene que era una coordinación por el Día de la Amistad Perú–China, un evento cultural y protocolar. Excelente. Entonces, ¿por qué no se coordinó con Cancillería, con embajada, con acta, con agenda pública? Porque una cosa es celebrar la amistad entre países; otra, administrar la amistad en secreto. Un Estado serio no organiza eventos bilaterales como si fueran una gestión de “confianza” en un restaurante.
Y aquí aparece el corazón del problema: la reunión secreta no solo despierta sospechas por sí misma, sino por el contexto peruano. En un país donde las reuniones privadas fuera de Palacio han terminado en investigaciones, la prudencia no es opcional: es obligación. Por eso, cuando Jerí se mueve como Castillo, no se le critica por “parecer”, sino por insistir en un patrón que ya destruyó confianza y dejó cicatrices institucionales.
Además, el hecho de que estas reuniones involucren empresarios —y en particular empresarios chinos— alimenta otra capa de dudas: ¿por qué los canales formales no bastan? ¿Por qué la agenda oficial no alcanza? ¿Qué urgencia tiene la clandestinidad? En política pública, la clandestinidad no es eficiencia: es riesgo.
Jerí puede negar comparaciones, pero los hechos no leen comunicados. Reunión secreta + sin registro + fuera de Palacio + cofre presidencial = una fórmula conocida. Y el Perú ya sabe cómo terminan esas historias.
Reflexión final
La democracia no se rompe de golpe: se erosiona con pequeñas sombras normalizadas. Jerí aún está a tiempo de cortar esa práctica y gobernar con luz. Pero si insiste en las “mañas” de Castillo, el país no solo recordará el pasado: lo repetirá. Y repetirlo, esta vez, ya no sería ingenuidad. Sería complicidad con la opacidad. (Foto: El Machete).
