Mientras el debate público se intoxica con prejuicios y frases hechas, la vida real hace otra cosa: se mezcla, convive y forma familia. Entre 2017 y fines de 2025 se registraron 3.897 matrimonios entre peruanos y venezolanos. Y, en paralelo, los nacimientos de bebés peruanos de madres venezolanas superaron los 78.000 en los últimos cinco años. No es un dato romántico: es una radiografía social. La migración dejó de ser tránsito y se volvió hogar.
Las cifras no opinan, pero desnudan. La integración avanza incluso cuando el Estado retrocede. Lima concentra la mayor cantidad de uniones, seguida por Callao, Arequipa, Piura e Ica: donde hay trabajo, mercado y redes, también hay vínculos. Y los matrimonios muestran una dinámica concreta: más casos de hombres peruanos con mujeres venezolanas, pero también miles en sentido inverso. La convivencia cotidiana va ganando a la sospecha, y eso debería ser noticia en un país que suele vivir de la polarización.
Pero el Perú insiste en discutir la migración como si fuera un problema de “ellos” y no una realidad compartida. Se pide mano dura, se promete orden, se repite el discurso de “seguridad” y, al final, la respuesta pública termina siendo la misma: improvisación. El resultado es perverso: cuando el Estado no regula, no integra y no protege, el vacío lo llenan tres fuerzas que sí trabajan a tiempo completo: la informalidad, la discriminación y las mafias.
Los nacimientos también incomodan a quienes solo ven amenaza: esos niños son peruanos. Su presencia obliga a hablar de servicios, salud, educación y documentación sin slogans. El pico de nacimientos en 2020 y la reducción posterior no cambia la esencia: hay una generación naciendo de esta mezcla social. Y si el Estado no planifica, esa integración puede convertirse en integración desigual: familias binacionales viviendo en la misma ciudad, pero con acceso distinto a derechos básicos.
Aquí está la mordacidad del asunto: el país presume “hospitalidad” en discursos, pero la delega en la paciencia de la gente. La integración ocurre pese a la burocracia, pese al racismo cotidiano, pese a la precariedad laboral, pese a una política que prefiere el aplauso fácil del “control” antes que la gestión seria de una realidad irreversible.
Los matrimonios y nacimientos no son anécdotas: son evidencia de que la migración ya es parte estructural del país. La pregunta no es si “se quedan” o “se van”, sino si el Perú tendrá Estado para administrar convivencia sin exclusión.
Reflexión final
Si la sociedad ya mezcló apellidos, acentos y futuros, la política debería dejar de usar la migración como chivo expiatorio. Porque cuando el Estado se ausenta, la integración no se detiene: se deforma. Y ahí sí perdemos todos.
