Lima y Callao estrenan 2026 con una tradición que nunca falla: el recibo del agua sube con puntualidad suiza. Sunass aprobó un “rebalanceo tarifario” y listo: 12% más para usuarios residenciales y hasta 20% para no residenciales, con cobro efectivo desde los recibos de febrero. En teoría, es para cubrir costos y mejorar el servicio. En la práctica, el ciudadano vuelve a hacer el mismo ejercicio de fe: pagar más esperando que, esta vez, sí llegue la mejora.
El aumento viene con cifras bonitas. Una familia promedio (16 m³) pagará S/ 7,70 adicionales al mes. Parece poco… hasta que se suma al resto del país: alimentos más caros, inseguridad, servicios que suben y salarios que miran desde abajo. Lo mordaz es que el agua no es un consumo “ajustable” como una suscripción: no puedes “tomar menos” para que alcance el presupuesto. El agua es cocina, aseo, salud, dignidad. Subirla es tocar la vida diaria con la frialdad de una hoja de cálculo.
Para el sector no residencial el golpe es mayor: hasta 20%. Eso significa costos más altos para comercios y servicios, que luego trasladan —como pueden— a precios. Y después nos preguntamos por qué la mype no despega, por qué el mercado está tenso y por qué la gente siente que todo sube menos la calidad de vida. La cadena es simple: si subes el agua, sube el costo de operar, y la economía se encarece por goteo.
Sunass afirma que el proceso incluyó audiencia pública y publicación del proyecto. Muy bien: el procedimiento puede ser impecable y aun así producir un malestar legítimo. Porque la discusión no es si se cumplió el ritual regulatorio; es si el usuario siente que el servicio lo respeta. Y aquí aparece la memoria corta de las instituciones y la memoria larga del ciudadano: baja presión, cortes, fugas, obras eternas, pistas destruidas y reparaciones que parecen improvisación serial. Cuando el servicio falla, cada alza se percibe como burla técnica: “pague más para que algún día funcione como debía funcionar desde hace años”.
El regulador advierte que el aumento debe estar condicionado a mejoras “concretas y verificables” y promete intensificar la fiscalización. Perfecto. Solo que en el Perú esas frases suelen tener el mismo destino que el agua en una fuga: se pierden. Fiscalizar no es anunciar; es publicar metas claras, cronogramas, indicadores mensuales, sanciones si no se cumple y rendición de cuentas sin maquillaje.
Subir tarifas puede ser defendible si el servicio mejora de forma medible y sostenida. Lo indefendible es cobrar más y pedir confianza a cambio de promesas.
Reflexión final
El problema no es solo el 12% o el 20%. El problema es el mensaje: el usuario paga primero y espera después. Si en 2026 el recibo crece, que crezca también la transparencia, la eficiencia y el respeto al ciudadano. Porque el agua puede ser un servicio regulado, pero la paciencia no es un recurso renovable. (Foto: Stakeholders).
