La revelación de que Venezuela exportó 113 toneladas de oro a Suiza entre 2013 y 2016, desde las bóvedas del Banco Central, obliga a mirar el primer tramo del régimen de Nicolás Maduro con una lente incómoda: la de las reservas estratégicas convertidas en caja. No es un dato menor. En países con economías frágiles, el oro suele ser el último respaldo. Cuando se mueve en silencio, el debate deja de ser contable y se vuelve político.
Según registros aduaneros revisados por agencias internacionales, esos envíos habrían rondado los 4.140 millones de francos suizos y tuvieron como destino un centro global de refinación y comercio del metal. La motivación declarada en el análisis es clara: transformar reservas en liquidez inmediata para enfrentar escasez de divisas, cierre de mercados financieros y una deuda externa pesada. En otras palabras, usar el activo más sólido para sostener un presente asfixiante.
El problema no es únicamente la decisión de vender, sino el modo. Traslados bajo protocolos de confidencialidad, sin anuncios públicos y sin reportes detallados alimentan dudas inevitables sobre transparencia, rendición de cuentas y control democrático. Si el oro es patrimonio de un país, su disposición debería estar acompañada de información verificable: volúmenes, condiciones de venta, intermediarios, destino financiero y uso final de los recursos obtenidos. La opacidad, incluso si es “legal”, erosiona confianza y abre espacio a sospechas de captura institucional.
El episodio también revela cómo funciona la arquitectura global del oro. Suiza no solo compra: procesa, certifica y facilita que el metal entre a cadenas internacionales. En ese tránsito, el oro puede cambiar de forma, de documentación y de mercado final. Por eso, aunque existan registros de exportación, no es sencillo reconstruir el destino último ni saber si esos lingotes terminaron respaldando préstamos, renegociaciones de deuda o rutas paralelas de financiamiento.
Un dato clave es el quiebre posterior: desde 2017 hasta 2025 no se registraron exportaciones venezolanas de oro a Suiza, coincidiendo con sanciones europeas a altos cargos del chavismo. Eso sugiere que el “corredor suizo” dejó de ser viable o conveniente, y que el comercio se habría redirigido a otros centros, como Reino Unido o Turquía, según reportes. No necesariamente se detuvo la conversión de oro en liquidez; pudo haber cambiado de ruta.
El envío de 113 toneladas de oro a Suiza ilustra una estrategia de supervivencia financiera en un contexto de aislamiento, pero también muestra los costos de gobernar con reservas estratégicas sin transparencia equivalente. El oro puede comprar tiempo; la opacidad compra desconfianza.
Reflexión final
La lección es global: cuando un Estado convierte patrimonio en liquidez sin explicación pública suficiente, no solo pierde reservas; pierde legitimidad. Y en crisis profundas, la legitimidad suele ser el activo más difícil de recuperar.(Foto: Correo del Sur).
