EsSalud hoy no es un seguro social: es una ruina administrada. Millones aportan cada mes con la promesa mínima de atención, medicinas y continuidad de tratamiento. Y lo que reciben es una bofetada burocrática: farmacias vacías, citas inexistentes, especialistas ausentes, cirugías en riesgo y emergencias desarmadas. El colapso es nacional. Y lo más obsceno es que no estamos frente a un desastre natural, sino frente a un desastre humano: decisiones mal tomadas, funcionarios mal puestos y autoridades que prefieren la supervivencia política a la supervivencia de los asegurados.
El Perú ha normalizado una crueldad intolerable: enfermarse se volvió un problema del paciente, no del sistema. Cuando faltan medicamentos vitales para VIH, cáncer, trasplantes, infartos o trauma shock, no estamos hablando de “inconvenientes”. Estamos hablando de vidas en la balanza. En salud, la escasez no es un dato: es un mecanismo de selección. El que aguanta, vive. El que no, se va. Así de brutal.
Y la excusa es todavía más insultante: “no es falta de dinero, es falta de gestión”. Traducido: tenemos recursos, pero no tenemos Estado. O tenemos Estado, pero lo han llenado de improvisados. O peor: lo han llenado de gente que no llega para resolver, sino para firmar, delegar, tercerizar y comprar tarde. Porque esto no ocurre por sorpresa. Los procesos de adquisición se programan, se prevén, se ejecutan con meses de anticipación. Si no se hizo, no fue “error”: fue abandono por incompetencia.
Luego viene la segunda parte del abuso: cuando se compra tarde, se compra caro. Cuando se “delegan” compras a redes o hospitales, aparecen precios inflados. Lo que centralizadamente costaba poco termina costando ocho o diez veces más. Y aquí el país tiene derecho a dejar de ser ingenuo: cuando el sobreprecio se vuelve sistema y el desabastecimiento se vuelve costumbre, ya no estamos ante una falla… estamos ante un ecosistema. Porque la escasez también produce ganancias: compras urgentes, proveedores favorecidos, contratos acelerados, controles relajados. ¿Quién gana cuando falta lo esencial? Ciertamente no el asegurado.
Y mientras todo eso ocurre, el gobierno de José Jerí está ocupado en lo suyo: aguantar hasta el 28 de julio de 2026, administrar alianzas, aparecer donde haya cámara, “coordinar” mesas, prometer “revisión”. Jerí recorre comisarías y conversa con gremios cuando el ruido lo obliga, pero EsSalud no le da épica: le da vergüenza. Por eso no se mete. Por eso no cae de sorpresa a una farmacia vacía. Por eso no anuncia una reestructuración real con cronograma, metas y responsables. Porque eso exige trabajo serio, y el trabajo serio no se reemplaza con discurso.
Los responsables no son abstractos: están en la cadena de mando, en las oficinas de abastecimiento, en los cargos designados sin competencia, en quienes liberan presupuestos tarde, en quienes firman sin prever. Y por encima, en quienes toleran que todo siga igual. Si nadie cae, si nadie responde, el mensaje es criminal: se puede jugar con la salud y no pasa nada.
EsSalud ya no está fallando: está colapsado. Y un Estado que recauda aportes pero no garantiza medicinas ni atención está incumpliendo su obligación más básica.
Reflexión final
Hay países donde el seguro social es orgullo nacional. Aquí se está convirtiendo en un castigo. La indignación no debería ser solo moral: debería ser política y administrativa. Porque cuando el Estado te cobra, te abandona y encima te pide paciencia, no estamos ante una crisis sanitaria: estamos ante una forma de violencia institucional. Y esa violencia tiene nombres, cargos y responsables que deben responder.
