Las Elecciones 2026 no están “frías”: están anestesiadas. No hay fervor, no hay ideas, no hay liderazgo; solo una pasarela de candidaturas débiles, partidos fracturados y un desfile interminable de tachas, inhabilitaciones y pleitos internos. Mientras el país vive bajo extorsiones, inseguridad y desgobierno, la política electoral se comporta como si estuviera en piloto automático. El dato que debería avergonzar a toda la clase política es brutal: 47% de los peruanos aún no sabe por quién votar o rechaza a todos. No es apatía ciudadana; es rechazo a una oferta miserable.
La campaña no “calienta” porque los candidatos no tienen fuego propio. Son figuras recicladas, repetidas, desgastadas, más preocupadas por sobrevivir al filtro judicial que por presentar un plan de país. La democracia peruana se ha convertido en un casting donde nadie pasa el primer filtro moral.
El caso Vizcarra es el retrato perfecto de esta decadencia. Mario Vizcarra cayó porque la ciudadanía empezó a ver el truco: una candidatura diseñada para encubrir al hermano preso por corrupción. Un juego de espejos que funcionó mientras la gente estaba confundida, pero que se desplomó cuando las inhabilitaciones y los rebotes judiciales dejaron al descubierto lo que siempre fue: una postulación tramposa. Y cuando una candidatura se sostiene en la trampa, su caída no es sorpresa, es justicia tardía.
Mientras tanto, los supuestos “punteros” no representan esperanza, sino resignación. López Aliaga lidera con un discurso más incendiario que propositivo; Keiko Fujimori sigue rondando como un fantasma electoral que el país no logra enterrar; y Carlos Álvarez aparece como tercera opción no por convicción popular, sino por ausencia de alternativas. Más abajo, el elenco de siempre: Acuña, Luna, Cerrón —cada uno con su historial, sus sombras y su tendencia descendente— compitiendo por ver quién decepciona menos.
El sistema electoral tampoco ayuda: una maraña de tachas, apelaciones y exclusiones que convierte el proceso en un laberinto jurídico. El ciudadano no elige; sobrevive al trámite. La “abigarrada boleta” del 12 de abril será menos una expresión de voluntad popular y más un catálogo de malestares.
Cuando casi la mitad del país rechaza o no identifica a ningún candidato, no estamos ante una elección ordinaria: estamos ante una crisis profunda de representación. La clase política ha fallado en su tarea básica: ofrecer un horizonte creíble.
Reflexión final
Si los candidatos siguen vendiendo humo, peleas internas y cálculos electorales, el 47% de hoy puede convertirse mañana en abstención, voto nulo o castigo masivo. Y cuando la ciudadanía se desconecta, la democracia se vacía. El Perú no necesita más nombres en la boleta: necesita liderazgo real, propuestas serias y ética pública. De lo contrario, el 2026 será solo otro episodio del mismo circo, pero sin domadores y con un país cada vez más a la deriva.( Foto: Pucp).
