La cena en un chifa sería irrelevante si no estuviera en juego la credibilidad presidencial. Pero José Jerí convirtió un encuentro nocturno con el empresario Zhihua Yang en un caso de interés público por una razón concreta: las contradicciones. En pocos días, el presidente interino entregó tres versiones distintas sobre el mismo hecho. Y cuando un jefe de Estado cambia el relato como quien cambia de chaqueta, el problema ya no es el chifa, ni el menú, ni la hora. El problema es que el país queda obligado a adivinar cuál fue la verdad.
Primera versión: tras revelarse el encuentro, desde Palacio se dijo que la cena buscó coordinar la celebración del Día de la Amistad Perú–China. Se añadió un detalle que, lejos de aclarar, encendió alarmas: Jerí habría ingresado encapuchado para evitar fotos. El presidente ratificó inicialmente esa explicación y negó cualquier irregularidad, admitiendo únicamente que fue un error reunirse en feriado y tarde.
Segunda versión: ante el aumento de cuestionamientos, Jerí cambió el eje. Dijo que él no convocó el encuentro, que fue a realizar actividades privadas y que el motivo de no hacerlo en Palacio tenía otra lógica. El mensaje fue evidente: “yo no organicé esto”, como si la responsabilidad dependiera de quién envió la invitación.
Tercera versión: en un mensaje difundido de madrugada por canales oficiales, Jerí se disculpó y afirmó lo contrario de lo dicho antes: sí organizó la cena y él invitó al ministro del Interior y a su escolta. Reconoció además el ingreso encapuchado y aceptó que generó “suspicacias”. Con esa última versión, quedaron desnudas las anteriores. No es un matiz. Es una rectificación mayor.
El problema no es el error, es el método. Un líder puede equivocarse; lo que no puede es gestionar la verdad por etapas. La secuencia revela un patrón político conocido: cuando el hecho aparece, se ofrece una explicación “institucional”; cuando la presión sube, se introduce una versión “privada”; y cuando la crisis se vuelve insostenible, se pide perdón y se acepta lo que ya era difícil de negar. Ese método no construye confianza: la pulveriza.
Además, la incoherencia agrava lo esencial: la reunión no estuvo en agenda oficial. En una Presidencia interina —y en un país acostumbrado a la opacidad— la agenda no es un accesorio protocolar: es la herramienta mínima para que la ciudadanía sepa con quién se reúne el poder y por qué. Cuando un presidente actúa fuera del registro y luego cambia la historia, la transparencia deja de ser principio y se convierte en daño controlado.
EL encapuchado como símbolo.Jerí no solo cambió versiones; protagonizó una escena que simboliza el problema: entrar encapuchado. Ese gesto, por sí mismo, comunica clandestinidad. Y si un mandatario insiste en que “no hubo nada oculto”, la pregunta es inmediata: ¿por qué actuar como si hubiera algo que ocultar? La política no se mide por intenciones declaradas, sino por conductas verificables. Y la conducta aquí fue opaca, inconsistente y tardía.
La ciudadanía no necesita un presidente que improvise explicaciones; necesita uno que no obligue a sospechar. Jerí debe asumir que la verdad no puede tener tres borradores. Si pretende sostener autoridad, debe ordenar su gestión con reglas inmediatas: agenda pública completa, registro de reuniones con privados, explicación previa de encuentros relevantes y un estándar de transparencia que no dependa de ser descubierto. Porque cuando el relato cambia tres veces, la conclusión es inevitable: el problema no es la cena, es la confianza. (Foto: El Trome).
