Perú arranca el 2026 en el puesto 53 del ranking FIFA. No es una tragedia repentina: es una fotografía honesta. Una de esas imágenes incómodas que no se arreglan con discursos, cábalas ni “procesos” eternos. La selección cayó dos posiciones y suma 1,459.57 puntos. Y el dato más cruel no es el número, sino el consuelo con el que se maquilla: “al menos superamos a Chile y a Bolivia”. Cuando el estándar de una selección histórica es celebrar que no está última, el problema ya dejó de ser futbolístico: es cultural e institucional.
El ranking no miente: ordena consecuencias. Perú viene de una eliminación al Mundial 2026 y de amistosos recientes con un balance que retrata la crisis (dos derrotas, un empate y una victoria). ¿Qué se suponía que pasaría? La caída es lógica. Lo que no es lógico —o más bien sí, en el Perú— es la reacción: el país suele indignarse por un día y volver al autoengaño al siguiente.
En Conmebol, Perú está por detrás de Argentina (2°), Brasil (5°), Colombia (14°), Uruguay (17°), Ecuador (23°), Paraguay (40°) y Venezuela (50°). Y este último dato duele más de lo que muchos admitirán: Venezuela, durante décadas el “proyecto pendiente”, hoy está por encima. No por magia, sino por continuidad, trabajo y una idea clara de selección. Mientras aquí cambiamos de rumbo con cada crisis, allá consolidan.
El problema de fondo no es que Perú esté 53. El problema es que parece cómodo ahí. Porque una selección no se cae solo por perder partidos: se cae cuando la dirigencia improvisa, cuando el fútbol local no forma con seriedad, cuando el calendario se maltrata a sí mismo, cuando las menores son un trámite y no un plan, cuando el entrenador de turno carga con toda la culpa mientras quienes toman decisiones se blindan.
Y sí: “solo supera a Chile y Bolivia”. Pero convertir eso en alivio es aceptar la resignación como identidad. Es como celebrar que la casa no se incendió por completo, aunque el techo ya esté cayéndose. El ranking expone una verdad que duele: se perdió competitividad, se perdió ambición, se perdió sentido de urgencia. Se normalizó el retroceso.
El puesto 53 es un síntoma. No de mala suerte, sino de mala gestión. Y mientras se siga vendiendo la crisis como “etapa”, el fútbol peruano seguirá estacionado en la mediocridad con cara de normalidad.
Reflexión final
Un país que presume historia futbolística no puede conformarse con sobrevivir en el ranking. Perú merece una selección que compita, no que “no quede tan abajo”. Pero para eso hace falta algo que escasea más que el talento: responsabilidad institucional, ética dirigencial y un proyecto real que deje de tratar al fútbol como negocio de corto plazo. Porque el ranking FIFA no humilla: solo revela. Y hoy revela que el Perú se está acostumbrando a perder. (Foto: Diario Líbero).
