En el Perú, la indignación dura lo que dura el cálculo. Hoy Alianza para el Progreso (APP) exige la renuncia inmediata de José Jerí por sus reuniones clandestinas con el empresario chino Zhihua Yang. Y, ojo, razones sobran: un presidente de transición no puede operar entre chifas, tiendas y sombras como si el Estado fuera una mesa reservada. Pero tampoco nos hagamos los ingenuos: cuando un partido “descubre” la ética en pleno año preelectoral, el comunicado suele traer doble firma: la moral… y el interés.
El reclamo de APP cae con fuerza porque el caso es grave: dos reuniones fuera de agenda oficial, nocturnas, con un empresario con presencia en negocios y vínculos con el Estado. No es un detalle social; es un problema de institucionalidad. Jerí, que llegó prometiendo seriedad y conducción en tiempos críticos, termina actuando como si la transparencia fuera opcional y la rendición de cuentas un trámite posterior, cuando el escándalo ya está en titulares.
Sin embargo, el punto incómodo para APP es su propia hemeroteca parlamentaria: en octubre del año pasado votó en contra de admitir mociones de censura contra la Mesa Directiva encabezada por Jerí, cuando el país discutía si debía asumir la presidencia. Es decir: ayer lo blindaron en el hemiciclo; hoy lo condenan por comunicado. La coherencia, como el combustible político, se usa cuando conviene. Y conviene bastante cuando Somos Perú es rival directo rumbo a las elecciones 2026.
La escena completa pinta un cuadro conocido: Jerí debilitado, el Congreso oliendo sangre, y los partidos midiendo ganancias. APP apunta a capitalizar la indignación ciudadana atribuyendo “responsabilidad política” a Somos Perú, mientras evita precisar si se sumará con firmas a una moción de vacancia o censura. Traducción: empujan, pero no se casan; denuncian, pero calculan; exigen, pero se reservan el botón rojo.
En paralelo, el Ministerio Público recibe la presión pública para actuar “con celeridad”, aunque el marco actual limita el margen de acción frente a un presidente en funciones. Y ahí también se juega la percepción: si la justicia avanza lento, la política acelera el linchamiento; si avanza rápido, la política grita persecución. El país, mientras tanto, sigue esperando lo básico: gobierno a la luz del día.
APP no se equivoca al exigir la renuncia: la conducta de Jerí erosiona la confianza y entierra la idea de una transición sobria. Pero la indignación selectiva también erosiona: no se puede blindar un día y “descubrir” la ética al siguiente.
Reflexión final
La pregunta real no es solo si Jerí debe irse, sino por qué el sistema siempre reacciona tarde: primero protege, luego se escandaliza y finalmente negocia. Si la política usa la moral como afiche electoral, el país seguirá atrapado en la misma rutina: crisis, comunicado, cálculo… y nada cambia.
