Cuando 87% de peruanos rechaza al Congreso, ya no hablamos de una institución impopular: hablamos de una institución deslegitimada. La cifra (IEP) no es un “mal trimestre”, es un veredicto social. Y sí: con estos niveles de repudio, este Congreso ya compite —sin pudor— por el título que nadie debería querer: el peor Congreso de la historia del Perú.
El problema no es que el Congreso “no caiga bien”. El problema es que no inspira respeto, no produce confianza y no ofrece resultados. Con apenas 8% de aprobación, el Legislativo ha logrado lo que parecía imposible: unir al país… en el rechazo. Y cuando una democracia pierde fe en su Parlamento, lo que se instala es una sospecha permanente: “aquí no se legisla para el ciudadano, se legisla para el cálculo”.
¿Por qué tanta desaprobación? Porque el Congreso se ha convertido en una fábrica de decisiones cuestionadas. El país ve normas señaladas como ‘pro crimen’, ve intentos de suavizar el peso del Estado frente a organizaciones que extorsionan, matan y cobran cupos, y ve cómo las prioridades se invierten: se discute el beneficio político antes que la seguridad del ciudadano.
Además, el Congreso ha empujado medidas como una amnistía para efectivos policiales y militares investigados por presuntas vulneraciones a derechos humanos. En un país que todavía arrastra heridas, eso no se siente como justicia: se siente como borrón y cuenta nueva… pero solo para los poderosos. A eso se suma el blindaje político: se desestimaron denuncias contra Dina Boluarte vinculadas a las muertes en protestas. El mensaje que queda no necesita intérprete: la responsabilidad se negocia, la indignación se administra.
Y como cierre de temporada, el Parlamento ni siquiera logra coherencia cuando el Ejecutivo se hunde. Ante el caso “Chifagate” y la censura contra José Jerí, varias bancadas se movieron con cautela, midiendo votos como si el problema fuera aritmético y no institucional. El país lo lee así: cuando el poder se protege entre sí, el ciudadano queda solo.
Este Congreso no es “impopular”: es insostenible. La cifra del 87% no es una anécdota, es una alarma. Y una democracia no puede funcionar con un Parlamento que camina con el tanque vacío de legitimidad.
Reflexión final
Si el Congreso quiere dejar de ser el peor de nuestra historia, debe empezar por lo básico: legislar para el país, no para su blindaje. Porque cuando 87% te rechaza, no es que “la gente no entiende”: es que ya entendió demasiado. (Foto: El Montonero).
