José Jerí pierde respaldo ciudadano y el dato ya no admite maquillaje: 33% de aprobación y 56% de desaprobación, según el IEP. Un presidente interino debería ser sinónimo de transición ordenada, prudencia y transparencia. Pero Jerí parece haber entendido “interino” como permiso temporal para moverse sin huella. Y cuando el país descubre reuniones clandestinas con empresarios chinos en el marco del “Chifagate”, no cae solo un porcentaje: cae la ilusión de que, por fin, alguien iba a entender que gobernar no es operar en la sombra.
El problema no es que Jerí se haya reunido. El problema es cómo y dónde y con quiénes: fuera de agenda, lejos del registro, en escenarios que no resisten el mínimo estándar de pulcritud institucional. En democracia, la agenda pública no es un adorno administrativo; es el termómetro de la decencia. Cuando un jefe de Estado decide saltársela, el mensaje no es “gestión”: es opacidad.
Y la opacidad, en el Perú, no es una rareza: es un método. El método de siempre. El que convierte al Estado en una puerta giratoria donde entran los que tienen acceso y salen los que tienen contratos, permisos, influencias o favores. Por eso la indignación no se enfoca en un chifa, una tienda clausurada o una foto; se enfoca en la sensación de estar viendo, otra vez, el mismo patrón: la política como reunión privada y la ciudadanía como espectadora sin invitación.
Jerí podría haber entendido que su legitimidad es frágil por definición. Un interino no puede darse el lujo de la ambigüedad. Pero eligió el peor camino: el de las explicaciones que no despejan dudas y la normalización del “no pasa nada”. Como si el Perú no tuviera historia. Como si la palabra “clandestino” no viniera cargada de décadas de corrupción, arreglos, lobismo y tráfico de influencias.
Lo más mordaz del asunto es la desigualdad moral del sistema. Al ciudadano se le exige todo: disciplina, multas si incumple, responsabilidades si participa. Al poder, en cambio, se le tolera lo intolerable: encuentros sin registro, silencios convenientes y versiones que cambian según la presión mediática. La democracia peruana funciona como un edificio con portero estricto para los vecinos y puerta abierta para los visitantes “importantes”.
La caída al 33% es, en el fondo, una factura por subestimar al país. La gente ya no “se sorprende”, se cansa. Y el cansancio se expresa en desaprobación porque la ciudadanía aprendió algo: lo clandestino rara vez es inocente y la opacidad casi nunca es gratuita. Siempre cobra. Solo que cobra en el futuro, cuando la decisión ya está tomada y el daño ya está hecho.
Jerí no está pagando solo por reuniones ocultas; está pagando por representar el viejo instinto del poder: actuar primero y explicar después, si es que explica. Su caída refleja una transición mal entendida: más interés por el control que por la confianza.
Reflexión final
Si el país desaprueba a Jerí, no es por capricho: es por memoria. Porque el Perú ya vio demasiadas veces cómo empiezan los “encuentros informales” y cómo terminan las instituciones. Hoy Jerí está en 33%. Si insiste en gobernar con sombras, no será la oposición la que lo derrumbe: será el propio desgaste de una ciudadanía que, por fin, está dejando de creer en la política de las puertas cerradas. (Foto: Exitosa).
