Keiko Fujimori se opone a la salida de José Jerí del gobierno y lo hace con una frase que ya debería figurar en el manual del cinismo político: Fuerza Popular solo cambiaría de postura si hay “flagrancia”. Es decir, mientras no haya una escena capturada con luces, cámaras y taquígrafos, todo lo demás es ruido. La opacidad, las reuniones ocultas, los conflictos de interés y la pérdida de legitimidad pasan a ser detalles decorativos del poder.
La defensa de Jerí no es una defensa de la estabilidad democrática; es un blindaje político calculado. Jerí aparece en el centro de cuestionamientos por reuniones no registradas con un empresario extranjero y decisiones que podrían favorecer intereses particulares. En cualquier democracia funcional, eso sería suficiente para activar controles severos y una fiscalización sin anestesia. En el Perú, en cambio, se nos pide paciencia. Y Keiko, con la experiencia de quien conoce el arte de sobrevivir en la tormenta, se convierte en su principal escudo.
La palabra “flagrancia” aquí no es técnica, es estrategia. Es elevar la vara de la indignación hasta que la indignación se canse. Es convertir la ética pública en una prueba penal imposible de cumplir sin escándalo televisado. Y mientras tanto, Jerí gana tiempo, poder y margen de maniobra. Porque en política peruana, el tiempo no aclara; diluye.
Keiko habla de no sumarse al “coro desestabilizador”. La frase es reveladora. Fiscalizar es desestabilizar. Preguntar es desestabilizar. Exigir transparencia es desestabilizar. Blindar al poder, en cambio, es “responsabilidad”. Es la inversión moral del discurso: el problema no es el que se reúne en la sombra, sino el que prende la linterna.
Y Jerí tampoco es un espectador ingenuo. Su silencio selectivo y sus explicaciones tibias no son errores de juventud, como sugiere Fujimori, sino viejas tácticas del poder: negar, minimizar, ganar tiempo. El manual es conocido. Lo nuevo es la naturalidad con la que se ejecuta.
No estamos ante una defensa de la democracia, sino ante un pacto tácito de supervivencia política. Keiko protege a Jerí hoy, Jerí será un interlocutor mañana. La ética queda para discursos de campaña; la realpolitik se practica en los pasillos del Congreso.
Reflexión final
Cuando una candidata presidencial elige blindar a un mandatario cuestionado, está revelando su proyecto de país sin decirlo: un país donde la transparencia es negociable, la rendición de cuentas es opcional y la indignación ciudadana es un estorbo. Keiko y Jerí no están defendiendo la estabilidad; están ensayando una pedagogía peligrosa: acostumbrar al Perú a que la sombra sea la norma y la verdad, una excepción. (Foto: La República).
