Mundial 2026: Blatter pide a aficionados no viajar a EE.UU.

Joseph Blatter reapareció con una advertencia que incomoda porque parece creíble: aconsejó a los aficionados no viajar a Estados Unidos durante el Mundial 2026 y sugirió que, por prudencia, lo vean por televisión. El mensajero es polémico, sí. Pero el mensaje pone el dedo en una llaga que la FIFA prefiere maquillar con slogans: el fútbol no se juega en el vacío, se juega en países reales, con políticas reales y tensiones reales. Y cuando la sede se convierte en una zona de fricción, el hincha deja de ser invitado y pasa a ser un riesgo administrativo.

Blatter no habló solo por gusto de agitar el avispero. Retomó una crítica de Mark Pieth, jurista suizo vinculado a reformas y debates anticorrupción en el entorno FIFA, quien cuestiona la “idoneidad” de Estados Unidos para recibir a millones de visitantes. El argumento es claro: un clima político tenso, políticas migratorias más duras y la percepción de inseguridad jurídica pueden convertir el viaje de un aficionado en una experiencia de incertidumbre, control y sospecha. En pocas palabras: puedes tener entrada, hotel y camiseta; igual te pueden tratar como si fueras un problema.

El asunto se vuelve más delicado porque el Mundial 2026 será el primero con 48 selecciones y tendrá una dimensión inédita. Más equipos significa más hinchas, más vuelos, más aeropuertos colapsados, más traslados internos, más controles, más posibilidad de errores y arbitrariedades. El torneo no solo exige estadios: exige un sistema capaz de recibir sin humillar, ordenar sin violentar y proteger sin discriminar. Si eso no está garantizado, la “fiesta” se vuelve un privilegio condicionado.

¿Y qué hace la FIFA frente a ese debate? Lo de siempre: una coreografía de optimismo corporativo. “El fútbol une”, “el Mundial es para todos”, “será histórico”. Hermosas frases… hasta que te toca la fila migratoria, la revisión extra por “perfil”, la cancelación de un permiso, el miedo a un incidente en la calle o la sensación de estar en un país polarizado donde cualquier chispa se vuelve incendio. Ahí la épica se esfuma y aparece la realidad: el hincha queda solo, mientras la institución se concentra en la imagen y el negocio.

En Europa, se habla de boicot y al minuto siguiente se descarta. Los dirigentes no quieren conflictos: quieren estabilidad. Pero esa estabilidad suele significar algo perverso: normalizar el contexto para no incomodar al anfitrión ni alterar el calendario ni irritar a los patrocinadores. En esa lógica, la ética se vuelve un accesorio: se usa en discursos, pero se guarda cuando estorba.

Tampoco es menor la ironía: Blatter, símbolo de una era cuestionada en FIFA, ahora se presenta como alarma moral. Puede ser cálculo político, revancha personal o simple oportunismo. Probablemente un poco de todo. Pero incluso si su intención es interesada, la advertencia revela algo más grande: la organización del Mundial se ha convertido en un tablero de poder donde los hinchas son la última preocupación real.

El verdadero problema no es lo que dijo Blatter. El problema es la comodidad institucional de organizar el evento más rentable del planeta y, al mismo tiempo, evitar el debate sobre las condiciones que vivirán millones de visitantes. No basta con vender entradas y experiencias premium. Se necesita garantizar trato digno, información clara, protocolos transparentes y una postura firme contra abusos, discriminación y arbitrariedad.

Reflexión final
Un Mundial no debería sentirse como una lotería migratoria ni como un recorrido por zonas de tensión política. Si la FIFA quiere llamarlo “la fiesta del mundo”, debe demostrarlo con hechos, no con propaganda. Porque cuando el fútbol se arrodilla ante la indiferencia, lo que está en juego ya no es el torneo: es el derecho de la gente a celebrar sin miedo y sin injusticia. (Foto: Afl Noticias).

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